La poesía de Paolo Febbraro. Una ocasión para desmontar el mundo

Revista Librerantes, 5 de junio de 2020 (texto de presentación de la colección de poesía Gli incursori. Poesía italiana contemporánea de la editorial Zibaldone)

Hace algo más de tres años dedicamos un extenso monográfico de la revista Zibaldone. Estudios Italianos a la última poesía italiana bajo el título ‘Veintidós poetas para un nuevo milenio’ (vol. V, issue 1, enero 2017). Durante el proceso de selección de autores y textos que conformaron la antología –limitada, por motivos de espacio, a veintidós poetas nacidos entre 1960 y 1980– constatamos dos fenómenos que pensamos caracterizan parte de la actividad poética italiana actual. Por un lado, la práctica desaparición de una crítica militante, por lo general desapercibida en medio de los ya de por sí escasos espacios que se otorgan a este género en los suplementos literarios que hay en el mercado, muchos de ellos convertidos en una especie de micro-expositores de carácter testimonial o, en el peor de los casos, en simples escaparates publicitarios. Por otro, la existencia de una abrumadora avalancha de autores y poemarios nacidos de las nuevas formas de difusión on-line, algo que no solo puede desorientar al lector interesado, sino que muchas veces acaba por convertir la poesía en una actividad autorreferencial inmediata, solipsista e inorgánica más propia de las redes sociales que de la poesía con letras mayúsculas.

Si alguno de los poetas representados en aquel monográfico rehuía tan desoladores presupuestos, este era, sin duda, Paolo Febbraro; de hecho, tanto la elección de algunos de sus poemas para inaugurar la aventura que supone Gli incursori. Poesía italiana contemporánea como la decisión de proponerle la coordinación misma de la colección, surgieron de forma natural durante la gestación del aquel número de la revista.

Y ello porque, de entre todos los nombres seleccionados para la ocasión, Paolo Febbraro es, posiblemente, uno de los que con más claridad se sitúa en las antípodas de ambas tendencias. En él, en efecto, no solo se da una profunda vocación crítica, abierta y rigurosa, tal y como demuestran sus inteligentes textos sobre Aldo Palazzeschi, Umberto Saba, Primo Levi y Seamus Heaney o su soberbio ensayo Lidiota. Una storia letteraria, sino que esta actitud reflexiva se vuelve incluso más acusada cuando encara su propia producción poética, marcada por una profunda y meditada atención a cada uno de los detalles capaz de dotar a su poesía de un inusual carácter orgánico y una notable profundidad.

Sin duda, como resume con acierto el crítico Alfonso Berardinelli en el prólogo de nuestra edición, la poesía de Febbraro se distingue con claridad por erigirse en «un modo totalmente particular, civil, racional y selvático, a fuerza de exceso de honestidad, de desmontar los escenarios cotidianos y de sobrepasar a ultranza aquello que comúnmente es objeto de fe ciega».

Deslizándose de este modo en la sutil y siempre arriesgada línea que separa lo metafísico y la más personal experiencia de lo cotidiano, retorciendo en ocasiones el lenguaje para obligar al lector a una atenta y extrañada lectura necesaria para entrar en su particular visión del hecho poético, Febbraro se expone en cada verso con una desnudez, una inteligencia y una lucidez pocas veces alcanzada en la poesía italiana actual.

Tanto en los poemas más decididamente personales, en los que bucea sin escafandra por los más oscuros meandros de su historia personal, como en aquellos más descriptivos y –solo aparentemente– más directos, los poemas de Febbraro nunca dejan indiferente al lector.

Para Paolo Febbraro la palabra es, antes que nada, una preciada herramienta de conocimiento… el verso, una ocasión para desmontar el mundo, ir más allá, y traernos de vuelta la insólita realidad que se oculta tras las habituales convenciones.

Estando como está totalmente alejado de la más que extendida poesía exhibicionista y consolatoria que caracteriza buena parte del panorama poético contemporáneo (externamente bien presentada, pero carente en su centro de ideas, de cuerpo, de un mundo propio), los poemas de Febbraro son en primer lugar, más que una desafiante propuesta al lector, el reflejo de una lucha constante entre forma y fondo, el resultado de la necesidad imperiosa de entender la realidad para plasmar, con letras de molde y del modo más preciso posible, el inefable, laberíntico y perturbador asombro que experimenta una aguda inteligencia erguida frente al mundo.

¿Cómo si no entender algunos de sus poemas?

Aturdido por la soledad,
ignorante del Bien, ineducado al Mal
yo singular, absoluto y único
en el abandono fantaseé el plural.
Fue el único olvido de mi noche negra.
Al despertarme, el mundo ya estaba.

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