Ernesto Ferrero, El último viaje del capitán Salgari

Ernesto Ferrero, El último viaje del capitán Salgari

ERNESTO FERRERO, El último viaje del capitán Salgari, trad. Elena Rodríguez García. Ático de los Libros, Barcelona, 2011, 240 págs. ISBN:978-84-938595-9-6

A un escritor que lleva de continuo a sus lectores por parajes exóticos de las Antillas y Malasia, que llena miles de páginas con las fantásticas aventuras de aguerridos piratas y fascinantes personajes como Sandokán, Yáñez o los tigres de Mompracem, que basa sus tramas en lances de arriesgados filibusteros, tesoros perdidos, naufragios pintorescos y esforzados abordajes, es difícil que no se le presuponga una vida repleta de las mismas aventuras y experiencias con que nos topamos en sus novelas.

A quienes así piensen y no conozcan la vida de Emilio Salgari (Verona, 1862 – Turín, 1911), tal vez les sorprenda saber que no hay nada más lejos de ello que la sencilla, rutinaria y trágica vida del prolífico escritor italiano. Y lo podrán saber con detalle gracias a dos libros publicados hace unos años en castellano al calor del primer centenario de su trágica muerte: la autobiografía Mis memorias (trad. de Vicente Corbi, Renacimiento, Sevilla, 2012, con prólogo de Fernando Savater) y la aun más interesante El último viaje del capitán Salgari del turinés Ernesto Ferrero (trad. de Elena Rodríguez, Ático de los libros, Barcelona, 2011). En ambas el lector se acabará llevando una misma imagen final del novelista: la del “galeote de la pluma” que, pese al enorme éxito de sus novelas y su notoria fama, arruinado y estafado por sus editores, debe permanecer amarrado día y noche a la mesa de trabajo escribiendo infatigablemente para poder dar de comer a su familia y a su mujer enferma mientras a su alrededor se van acumulando las deudas y las penurias. “Que estas palabras sirvan de testamento: nada poseo, nada puedo dejaros; solamente mi recuerdo…”, escribió en una de las tres notas que dejará a sus hijos un día antes de su suicidio, el 25 de abril de 1911. A ellas se ha de añadir finalmente el recordado “Os saludo rompiendo la pluma. Emilio Salgari” con que se despidió  en una segunda nota dedicada a sus huraños editores, los mismos “que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor” y a quienes “sólo os pido que, en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales”.

El descubrimiento del cuerpo del autor en el cercano monte de Val de S. Martino, el lugar que eligió para llevar a cabo el viejo ritual del seppuku al que le llevó la insufrible situación económica, agravada por el ingreso de su amada mujer Ida en un hospital psiquiátrico, es el capítulo final de Mis memorias, pero también el inicio del que sirve Ferrero para arrancar su novela. El relato de tal penosa situación no es, en todo caso, el único nexo en común de dos obras muy distintas (de corte autobiográfico la primera y biográfico la segunda), unidas como están por el deseo de alejarse de las intenciones iniciales para acabar completando un relato totalmente distinto a lo planeado. De hecho, mientras las memorias de Salgari apenas puede tildarse de biografía dado el enorme peso que cobra una exigua aventura marina que Salgari se encarga de magnificar hasta ocupar prácticamente todo el relato (cuando, como es sabido, en toda su vida el autor apenas llegó a hacer más que un par de travesías por las costas italianas), en el segundo, Ferrero parte en realidad de una novela que acaba finalmente leyéndose como un relato biográfico.

Ello se debe a que al tratar la figura de Salgari, Ferrero (Turín, 1938) no pretende trazar tan solo una  semblanza  del escritor, sino hacerlo moviéndose en una sutil y efectiva indeterminación genérica para la que se vale de sus probadas dotes de narrador. No por nada, su producción se ha caracterizado siempre por moverse por diferentes estilos: desde libros de memorias como I migliori anni della nostra vita de 2005 (un “romanzo con personaggi veri” en torno a sus años como director literario y editorial de Einaudi y publicado hace apenas dos años por Trama editorial con el título La tribu Einaudi: retrato de grupo), pasando por sus estudios críticos sobre Carlo Emilio Gadda, Calvino o Primo Levi, para acabar como novelista de éxito con títulos como N (publicada en 2001 por Tusquets con traducción de Atilio Pentimalli) o la más reciente La misteriosa storia del papiro di Artemidoro.

Vinculado a la literatura desde inicios de los sesenta y habituado a codearse desde que tenía algo más de veinte años con las inmensas figuras que desfilaron por la editorial Einaudi (Elio Vittorini, Norberto Bobbio, Primo Levi, Giulio Bollati o Natalia Ginzburg, entre otros), no es de extrañar que este enfermo de la literatura escogiera a Salgari, otro enfermo de la literatura, como objetivo para su novela.

Por lo demás, el perfil de este Salgari crepuscular, envejecido, aquejado por las deudas y prolífico trabajador, queda en la novela de Ferrero perfilado ya desde los primeros encuentros con su joven vecina Angiolina, una de las múltiples voces que de tanto en tanto roban protagonismo al narrador y sirven para ofrecernos, como un caleidoscopio, diferentes visiones del escritor, retratado a lo largo de la novela a través de diferentes puntos de vista como son un breve texto del periodista napolitano Antonio Casulli, la carta que este recibe de Ida Salgari o un breve escrito de su hijo Omar de diez años. Todos ellos, como también las declaraciones del doctor Teresio Chiabotti, médico del sanatorio en la que acaba recluida su amada Ida, o las múltiples entradas del diario de Angiolina en las que ésta narra sus encuentros con el escritor, son pues algunos de los recursos que Ferrero pone en práctica para enriquecer su relato y ofrecer una imagen más completa de la trágica paradoja que supuso la labor creativa de Salgari: vivir en la más completa miseria siendo uno de los escritores más veces editado y leído de la literatura universal.

“Se escribe para vivir muchas vidas”, le dice en un momento Salgari a la joven Angiolina. Y, en efecto, así es, muchas vidas… todas las que él no pudo vivir.

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