Italo Calvino, Palomar

Italo Calvino, Palomar

ITALO CALVINO, Palomar, edición de Javier Aparicio Maydeu, trad. Aurora Bernárdez. Cátedra, Madrid, 2017, 256 págs. ISBN: 978-84-376-3688-7

Escribir unas notas a Palomar (1983), la última novela que publicó Italo Calvino, puede ser una tarea tediosamente farragosa o insoportablemente previsible, dependiendo de si se trata de invitar a su lectura a alguien que -difícil- no conozca ninguna de sus obras o si, por el contrario, nos dirigimos a un lector que ya se haya adentrado en su particular producción.

Y es que, en muchos sentidos, Palomar es el resumen tanto de gran parte de los elementos que caracterizan la efectiva prosa de Calvino como de la postura moral y vital que adoptó a lo largo de los años; de hecho, en ella están presentes desde el delicado lirismo y la intensa reflexión ética en torno al hombre de sus primeras obras, como El sendero de los nidos de araña (1947) o Por último, el cuervo (1949), pasando por el recurso al arte combinatorio como método de construcción heredado de la Oulipo que vertebra El castillo de los destinos cruzados (1969), Las ciudades invisibles (1972) o Si una noche de invierno un viajero (1979), hasta la siempre presente concepción lúdica de la literatura y de la novela como género híbrido.

En Palomar, una obra que es en parte sátira y en parte fábula -aunque también en parte ensayo, diario personal, esbozo de enciclopedia, cuento filosófico… -, pueden rastrearse una tras otra casi todas las líneas maestras que guiaron la producción del autor, llevándonos (como nos invita a hacer Javier Aparicio Maydeu en las numerosas notas que acompañan el texto) desde Raymond Queneau y George Perec a Borges y sus infinitas bibliotecas (“El modelo de los modelos”), pasando por el Manganelli de Centuria. Cien breves novelas-río (ilustre precedente de Palomar), las operette morales leopardianas e incluso el Roland Barthes del El imperio de los signos (1970). Conviene recordar aquí que, antes incluso que escritor, Calvino fue un atento e inquieto lector, algo de lo que dejó prueba su paso como consultor de la editorial Einaudi (Los libros de los otros, Tusquets, 1994).

Los 27 relatos breves agrupados en este volumen son, con todo, una de las mejores muestras de esa “condensación significativa” en la que Calvino se fue adentrando desde mediados de los setenta a través de una serie de «articoli-racconti» publicados en Il Corriere della Sera y que fueron agrupados en el volumen a partir de otros tantos capítulos que sirven como ejes temáticos: “Las vacaciones de Palomar”, centrado en la experiencia visual del personaje en medio de la naturaleza; “Palomar en la ciudad”, que aporta una visión un tanto más antropológica a partir de reflexiones sobre el lenguaje o los símbolos; y, finalmente, “Los silencios de Palomar”, reservado a relatos más especulativos y meditativos sobre la esencia del hombre en el universo.

El objetivo, en todo caso, es siempre el mismo: «Lo único que me gustaría poder enseñar [escribía Calvino a François Wahl a principios de diciembre de 1960] es una forma de mirar, es decir, de estar en medio del mundo. En el fondo, la literatura no puede enseñar nada más”. Y es que Palomar es, antes que nada, “una forma de mirar”, el impulso nacido de la idea de que la complejidad del mundo puede desgajarse en una miríada de pequeñas observaciones que no dependen tanto de los objetos en los que nos fijamos, sino de nuestro modo de observarlos, de nuestra manera de percibirlos, por insignificantes que parezcan, en cuanto engranajes de pequeños sistemas más complejos entre los que se pueden establecer inesperadas interrelaciones. Es la idea, en definitiva, de que el mundo solo cobra sentido cuando un ojo observador posa en él la mirada, cuando nuestro mirar consciente traza líneas de unión entre los objetos cotidianos sacándolos de su aislamiento y enmarcándolos en una precisa configuración del mundo.

“Si ningún ojo, salvo el ojo vítreo de los muertos, se abriera más en la superficie del globo terráqueo, la espada no volvería a brillar. Pensándolo bien, esa situación no es nueva: durante millones de siglos los rayos del sol se posaron en el agua antes de que existieran ojos capaces de recogerlos”, nos dice Calvino.

Con esta premisa, Palomar, insaciable voyeur del mundo que le rodea, incombustible flâneur de la complejidad de la vida, no puede evitar ser arrastrado por un insaciable apetito, por una innata necesidad de captar, comprender, sistematizar y, por tanto, cuestionar la realidad en sus parcelas más mínimas y cotidianas con tal de aportarnos su particular y entrañable visión de un mundo en pleno desarrollo antes sus ojos.

Sin embargo, como un naturalista sabedor de la importancia de sus anotaciones pero incapaz de poner freno a la belleza de unas palabras que puedan definir, sintetizar y determinar la belleza misma del mundo, Palomar viene a ejemplificar en última instancia el abismo que media entre contemplar y observar, convirtiéndose, gracias una cierta “obsesión de plenitud descriptiva”, en una especie de notario de su tiempo y su realidad, pero abocándolo al mismo tiempo (y al lector con él) a una especie de insatisfacción ante la evidencia de la infinitud del cosmos. De hecho, por mucho que Calvino prolongue los relatos y multiplique los capítulos, acabamos siendo conscientes de que Palomar nunca conseguirá satisfacer el objetivo propuesto; su inventario nunca será completo, pues el sistema siempre podrá ser sujeto de nuevas adiciones y modificaciones. Pero, llegados a este punto, «¿y si el resultado fuese un modelo?», se pregunta. Así que Palomar «prefiere mantener sus convicciones en estado fluido, verificarlas caso por caso y convertirlas en la regla implícita del propio comportamiento cotidiano, en el hacer o en el no hacer, en el elegir o en el excluir, en el hablar o en el callar”.

Palomar toma así consciencia de que la búsqueda particular de comunión con el mundo y consigo mismo debe llevar necesariamente aparejada la unión de autoconocimiento y compromiso. Y ello pese a ser una vía condenada a priori al fracaso y a la incomprensión, cuando no a la burla, como ya habían demostrado antes los flaubertianos Bouvard y Pécuchet.

Es lo que le sucede en el relato “La contemplación de las estrellas”, cuando el grupo de curiosos que se va reuniendo en torno suyo mientras compara abstraído el cielo estrellado con unos mapas estelares extendidos sobre sus rodillas acaban interpretando sus movimientos y elucubraciones como meras y simples “convulsiones de un demente”.

De este modo, abrazando la interdisciplinariedad, Calvino, en palabras de Javier Aparicio Maydeu, «disfruta con la invención de la fantasía y se complace en sublimar el arte de alcanzar la creación literaria sobre sólidas bases matemáticas, escribe relatos con la sensibilidad de un poeta y analiza textos y técnicas con la meticulosidad de un académico”. Es decir, lo mejor de Calvino.

De Palomar, de la que Cátedra ofrece la excelente traducción de la no hace mucho desaparecida Aurora Bernárdez, dijo el mismo Calvino: “releyendo el volumen, me doy cuenta de que la historia de Palomar se puede resumir en dos frases: un hombres se pone en marcha para alcanzar, paso a paso, la sabiduría. Todavía no ha llegado”.

Tampoco lo habrá hecho seguramente el lector, aunque tras su lectura seguramente estará un poco más cerca.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Web construida con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: