A.Balbi y R. Piccioni, Cosmicómic

A.Balbi y R. Piccioni, Cosmicómic

AMEDEO BALBY y ROSSANO PICCIONI, Cosmicómic. El descubrimiento del Big Bang, trad. Julia Osuna Aguilar. Salamandra Graphics, Barcelona, 2014, 152 págs. ISBN:  978-84-16131-06-8

Después de contar el nacimiento del cosmos en La musica del Big Bang (Springer, 2007), Amedeo Balbi, astrofísico en la Universidad Tor Vergata, decidió enfrentarse a un reto no menos arriesgado: ¿es posible hacer un cómic sobre este tema, la génesis de la teoría del origen del universo? y, lo que es incluso más complicado, ¿puede una novela gráfica adentrarse en complejas tramas puramente divulgativas sin dejarse algo por el camino? El resultado a estas preguntas es Cosmicómic. El descubrimiento del Big Bang, desarrollada por Balbi junto al dibujante Rossano Piccioni.

Para enfrentarse a tan complejo desafío, el arranque de la historia no puede ser otro que 1964, año en el que, mientras trabajaban en la ya célebre antena de Crawford Hill cerca de Holmdel Township (Nueva Jersey) construida por ellos mismos, los radioastrónomos Arno Penzias y Bob Wilson captaron repetidas veces un ruido continuo, una perturbación sonora, que no fueron capaces de justificar y que, achacada inicialmente a errores de cálculo o a fallos de las instalaciones, acabó siendo conocida “radiación de fondo”… ni más ni menos la prueba final que acabó desembocando en la aceptación de la teoría de la existencia del Big Bang hace 13’57 mil millones de años y en la formulación de la consiguiente teoría explicativa del inicio del cosmos.

“Lo que realmente quería contar –ha afirmado Balbi en decenas de entrevistas– es cómo funciona la ciencia moderna: una sucesión de hipótesis, errores y confirmaciones. Einstein estaba convencido de que el Universo era estático, y por eso en 1927 había refutado al belga George Lemaître, quien, usando sus ecuaciones de la relatividad, había llegado a la conclusión de que el cosmos se estaba expandiendo a partir de un ‘átomo primitivo’. Si bien en 1931 Edwin Hubble le indicó a Einstein el extraño hecho de que todas las galaxias que él había medido parecían ‘huir’ de nosotros”.

Todas estas cuestiones y muchas más, narradas cronológicamente en un inmenso flashback que nos lleva desde el Museo Nacional de Historia de Washington (donde en abril de 1920 el profesor Harlow Shapley explicó su cálculo de la dimensión de la Vía Láctea a partir de la luminosidad estelar), hasta la concesión del Premio Nobel en 1978 a Wilson y a Penzias, narrador excepcional a lo largo de todo el cómic, desfilan por sus páginas sin que los datos y las teorías abrumen al lector.

Tal vez porque, para desarrollar este complejo recorrido, Balbi y Piccioni no necesitan ni grandes parlamentos ni farragosas explicaciones: les basta presentar en primera persona a los protagonistas en un importante trabajo de documentación y dejar que sean ellos quienes desarrollen secuencialmente sus postulados hasta configurar un amplio y completo ‘quién es quién’ de la teoría del Big Bang, desde Einstein al sacerdote belga George Lemaître, uno de los primeros defensores de la expansión del universo, pasando por George Gamow, quien junto a Alpher y Hermann, predijo la teoría década y media antes que Penzias y Wilson, y sin dejar de mencionar a Dicke, Peebles, Roll y Wilkinson, quienes interpretaron esa radiación como una firma inequívoca del Big Bang, o al mismo Edwin Hubble, particularmente reconocido por su descubrimiento del “corrimiento hacia el rojo”, el peculiar espectro lumínico que dejan las estrellas al alejarse de un observador.

Respecto al cómic en sí, si bien tanto el trazo como el entintado pueden parecer en un principio un poco bastos, es también cierto que parte de la claridad en la exposición de las en principio farragosas ideas expuestas se debe justamente al buen hacer del dibujante Piccione, capaz de presentar con realismo, cercanía y una acertada simplicidad una galería extensísima de personajes que se nos presentan continuamente entrando y saliendo por sus páginas.

Salamandra Graphics prosigue, pues, con la publicación de obras de carácter divulgativo y generalista en la línea de su anterior Logicómix, traducida al igual que el presente título por Julia Osuna Aguilar, al tiempo que se hace eco del interés del cómic italiano actual por recuperar, con independencia de los múltiples estilos y formatos, personajes e historias del pasado más reciente con un marcado carácter testimonial y divulgativo, como demuestran las obras de Saverio Montella y su Oylem Goylem (basado en el famoso espectáculo de Moni Ovadia), Tuono Pettinato y su Garibaldi. Resoconto veritiero delle sue valorose imprese ad uso delle giovani menti, o los dos volúmenes dedicados a Pasolini, el de Davide Toffolo, Pasolini, y el de Gianluca Manconi, El caso Pasolini, ambos publicados en castellano no hace muchos años.

Queremos, sin embargo, acabar recordando que, como quedaba ya dicho, Penzias y Wilson recibieron en 1978 el premio Nobel, y que tal vez sucedió así no solo por su gran intuición y dedicación, sino también por un simple hecho que en parte justifica la fascinación que producen los científicos en el resto de los mortales: la constatación de que donde los demás solo vemos chisporroteos en un televisor mal sintonizado, ellos son capaces de encontrar evidencias para explicar el origen del universo. Y es justamente esta fascinación lo que mejor sabe transmitir Cosmicómic de forma tan singular.

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