Alda Teodorani, La mente e i suoi inganni

Alda Teodorani, La mente e i suoi inganni

ALDA TEODORANI, La mente e i suoi inganni. Profondo Rosso, 2018, 138 págs. ISBN: 8898896549

Uno de los tópicos que rodea cierta novela criminal (especialmente estadounidense, aunque también en la franquicia de ideas exportadas a otros países) es su asociación al blues. Imaginar a Sam Spade o a cualquiera de sus alter ego es pensar sin alternativa posible en una figura envuelta en un nimbo de humo entrando en una sala en claroscuro al ritmo de Duke Ellington. Pocas sinergias han sido tan felices y propicias como la generada durante las dos décadas en torno a la Segunda Guerra Mundial al coincidir la explosión de la literatura pulp, la popularización del jazz y su fusión en un nutrido grupo de magistrales películas de cine negro. El inconveniente (ya que se trata ciertamente de un inconveniente) es que, tanto en el jazz como en la novela criminal, si no hay ideas concretas y particulares detrás de la repetición infinita de acordes, se entra en una monotonía solo tolerada por los más aguerridos defensores del género. No es fácil utilizar, está claro, los mismos ingredientes que ya usaron de forma magistral los padres fundadores en un centenar de clásicos títulos sin que tengamos la sensación de que estamos comiendo una y otra vez el mismo plato recalentado.

Si a ello se añade, además, el renacido interés que los diferentes subgéneros han experimentado desde inicios del milenio y la inagotable sobreabundancia de «últimos títulos» y «autores imprescindibles» que las editoriales lanzan a cada poco, especialmente en vísperas de festivos, es fácil que el aficionado acabe sumido en un confuso e inagotable maremágnum de repeticiones y calcos autorreferenciales.

Il giallo italiano, la novela criminal autóctona de la península italiana, no escapa a estas pegas que, no por subjetivas, dejan de ser fácilmente constatables. Aun reconociendo el grandísimo valor de una tradición centenaria que arranca de forma espectacular en las primeras décadas del siglo XX y aceptando que, sin duda, la producción italiana se cuenta entre una de las mejores aclimataciones del género negro americano en tierras europeas (al menos para los que seguimos añorando a Scerbanenco y a Fruttero y Lucentini), no hay que ser muy observador para reconocer que también aquí la perpetua revisión de moldes es moneda corriente. Con demasiada frecuencia títulos de autores más o menos consagrados acaban cayéndosenos de las manos al comprobar que no se trata más que de una nueva revisión de temas, personajes y situaciones que se tiene la sensación de haber leído hacía apenas unas semanas.

Ello no quita que sea positivo que el enorme peso comercial de algunos de ellos (in primis el recientemente desaparecido Andrea Camillieri) haya facilitado que las editoriales españolas se muestren proclives a acoger las últimas producciones venidas de Italia y que el lector pueda disfrutar en castellano de un numeroso grupo de autores que siguen en la brecha del género y que solo por nombrar a unos pocos pasaría por narradores tan conocidos como Massimo Carlotto, Giancarlo De Cataldo, Antonio Manzini, Carlo Lucarelli, Marco Vichi, Maurizio de Giovanni, Gianrico Carofiglio o Marco Malvaldi, entre otros. 

Más allá de las diferencias entre ellos y de alguna excepción se constata, sin embargo, que la tendencia general es también el cruce de exitosos subgéneros que, aunando elementos de police procedural, private detective y crime psychology, acaba tomando la forma de novelas cortadas por un mismo patrón: el de la investigación detectivesca a manos de un policía con una particular idiosincrasia personal volcado en bucear en la mente de un retorcido asesino con el objetivo de desentrañar, de la manera menos ortodoxa posible, su estrafalario modus operandi en medio de la más sosa cotidianeidad. Algunas dosis de leve crítica social y algún que otro guiño a la historia reciente acaban por adobar el producto comercial perfecto.

La pena es que nos dejemos por el camino títulos y autores menos ajustados a la norma, pero no por ello menos interesantes, como es el caso de Alda Teodorani, la autora de La mente e i suoi inganni, una de las máximas representantes de una rama mucho menos complaciente surgida a inicios de la década de los 90 en Italia al calor de modelos más descarnados como el splatter americano (para entendernos, la macabra recuperación del pulp más salvaje sumado a la influencia demoledora del Bret Easton Ellis de American Pscho). Retorcidas descripciones de diferentes patologías y crímenes, sangre en abundancia, vísceras esparcidas por las aceras y asesinos mortalmente perturbados son los elementos más evidentes –y, también, es cierto, más fácilmente reconocibles– de una tendencia que, justamente por esto mismo, deja directamente de lado a los lectores más sensibles. .

Yendo más allá de la particular trama de esta novela (una secuencia de asesinatos de mujeres que asisten a una terapia para adictas al sexo organizada por un indeseable que se aprovecha precisamente de la debilidad sexual de las participantes), La mente e i suoi inganni sigue en esta línea, aunque, eso sí, es capaz de saltar por encima de los convencionalismos de la más asimilable novela criminal para, una vez más, como tantas veces ha hecho la autora en medios y disciplinas tan distintas, poner el acento en los aspectos más perturbadores de la mente humana para acabar centrándose en los elementos más desestabilizadores de nuestro modo de vida occidental.

Y es que, haciendo gala de una notable capacidad descriptiva con técnicas de corte cinematográfico que le permite alternar primeros planos, planos generales y zooms sobre el rostro de las víctimas con el objetivo de captar el momento justo de su última exhalación, Alda Teodorani, como en el resto de sus numerosas novelas y narraciones breves, demuestra que sabe mirar a la realidad cara a cara mientras se mueve en una suerte de lirismo urbano incluso en aquellos momentos en los que describe con detalle la sordidez y la suciedad de nuestra enferma sociedad.

Es cierto que también aquí anidan clichés inherentes al subgénero en una prosa que en ocasiones se vuelve demasiado superficial, pero no es menos cierto que, desde la publicación de la ya famosa antología Gioventù cannibale en 1996 en la que Alda Teodorani participó con el relato Y Roma llora, su trabajo no ha renunciado nunca a los presupuestos estéticos que siempre la han caracterizado. De hecho, mientras el resto de los jóvenes caníbales derivaban su carrera hacia otros derroteros (basta recordar la trayectoria de Aldo Nove o Niccolò Ammaniti, o el meno conocido entre nosotros como Andrea G. Pinketts), la narrativa de Alda Teodorani ha seguido ofreciendo a sus condicionales con notable regularidad las oportunas dosis del realismo más descarnado, haciendo que, por mérito propio, se le haya acabado recocociendo como la indiscutible «reina del horror».

Obviamente se trata de una cuestión de gustos y de encontrar el momento propicio a la lectura (no siempre está el estómago dispuesto a ciertas escenas y no siempre está uno con ganas de tolerar cierta repetición de temas y personajes y una prosa por momentos previsible), pero es innegable que muchas veces es más recomendable enfrentarse sin prejuicios al honesto abismo de las obras de Alda Teodorani que volver a verse las caras con la enésima recreación de ese policía amante de los vinos de Burdeos que, en mitad de un divorcio o de la muerte de un amigo o de la enfermedad de su gato, tiene que enfrentarse al enésimo sucedáneo de un Hanníbal Lecter de provincias.

Está claro que cuando la realidad se impone, el cliché pierde fuerza. Es en esos momentos cuando Alda Teodorani siempre da lo que se espera de ella.

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