Andrea Camilleri, La banda de los Sacco

Andrea Camilleri, La banda de los Sacco

ANDREA CAMILLERI, La banda de los Sacco, trad. Juan Carlos Gentile Vitale. Destino, Barcelona, 2015, 187 págs. ISBN: 978-84-233-4907-4

Basta una carta de la mafia reclamando con el “pizzo” una parte de un pastel que no le corresponde, por un lado, y la terquedad, el orgullo y la negativa de quien ha trabajado duramente la tierra con sus manos, por otro, para desencadenar los hechos que acaban por convertir a una humilde familia trabajadora en un grupo de forajidos, una gang of outlaws de cinco hermanos empujados por las circunstancias a echarse al monte. Si hubiera sido cualquier otra familia, no tendríamos historia, pero los Sacco que Andrea Camilleri (Porto Empedocle, 1925-2019) retrató en esta novela han pasado por la experiencia de la emigración y de la guerra, se han partido los brazos en momentos de penuria, han conocido las ideas progresistas del momento… y no ceden. Por eso, entre la población rural siciliana habituada a la omertà, al silencio, a obedecer a regañadientes a caciques rurales poseedores de una maquinaria represiva formada por cientos de afortunados delincuentes acostumbrados a campar a sus anchas, los Sacco y su obstinada resignación no pueden dejar de convertirse en algo más que una molestísima piedra en el camino del sistema de extorsión mafioso. La mafia, como todos saben, no admite un no por respuesta, y mucho menos si a este no le pueden seguir otros.

Llegados a este punto, el drama de los Sacco en la primera mitad del siglo XX podría haberse quedado en eso, en una especie de western rural a la siciliana –según palabras del propio Camilleri– en el que una familia honesta sufre las tristes consecuencias de su negativa a doblegarse ante la mafia, pero en La banda de los Sacco Camilleri amplía su objetivo para acabar apuntando a un conflicto con unas dimensiones mucho mayores; de hecho, los Sacco no solo se oponen a la mafia (una mafia incipiente, cierto, pero tan cruel, inapelable y despiadada como la conocida a finales del siglo XX y principios del XXI), sino también, como aprenderán en sus propias carnes todos los miembros de la familia, contra el mismo estado que debería en teoría protegerlos. Desde los carabinieri que miran hacia otro lado –primero por cautela, y luego en clara connivencia con los estamentos de poder a principios de los años veinte, momento en que arranca el relato–, como más tarde las instancias burocráticas y judiciales que acaban cediendo y actuando interesadamente pese a la absurda acumulación de pruebas falsas puestas en su contra y que terminan finalmente por condenarlos a una prisión inmerecida de varias décadas, todos colaboran a la hora de completar en torno a la familia un cerco económico, social y legal que por razones obvias no solo les atañe a ellos. Los problemas de los Sacco, en muchos sentidos, no dejan de ser más que una estampa concreta de una sociedad, la italiana, obligada a padecer durante más de un siglo a estos mismos actores interesados.

Por ello, si lo que Camilleri relata aquí es capaz de causarnos una honda impresión es en gran parte por la sospecha (quizá mejor certidumbre) de que lo mismo que les pasó a los Sacco les sucedió, les ha sucedido y les sigue sucediendo a miles de italianos desperdigados por cada ciudad, pueblo y aldea año tras año, durante el reinado de los Saboya, durante las décadas de presencia fascista (ese otro “grupo de matones que tomó al asalto el poder”), durante los años de la guerra y, lo que aún es más difícilmente creíble (no tanto tal vez tras la lectura entre líneas de La banda de los Sacco) durante el periódico democrático hasta la actualidad.

Lastrada por la imagen mitificada de la mafia que, más allá de sus sanguinarios delitos, ha aportado al cine una extensa galería de personajes deleznables pero dotados de un aura de intachable honorabilidad de acuerdo a un férreo, aunque cínico, código de conducta, la mafia que Camilleri nos describe queda a años luz de la colección de padrinos sangrientos pero justos, tradiciones arraigadas y nobles clientelismos ancestrales de cierto imaginario de ficción. Si Roberto Saviano tuvo la valentía hace unos años de sacar a la luz la parte más miserable de este mecanismo delictivo en la Italia actual, Camilleri nos recuerda una vez más, siguiendo la estela del más puro Leonardo Sciascia, que tampoco hay nada de digno en esta importante primera fase de su consolidación.

Así, entre huidas al monte, emboscadas y traiciones, los Sacco, convertidos falsa e interesadamente en toda una “banda” criminal, se acaban por transformar con su negativa a seguir el dictado mafioso en el símbolo de un verdadero contrapoder, en una verdadera fuerza moral capaz de nivelar el fiel de la balanza e instituirse en una peligrosísima referencia capaz de servir de modelo a sus  humillados paisanos. Y, sobra tal vea decirlo, eso no lo puede permitir ni la mafia ni el estado corrupto. En definitiva, “si en la época de la marcha sobre Roma todos los socialistas hubieran actuado como están haciendo ahora los Sacco, el fascismo nunca habría alcanzado el poder”. 

Esta breve y sencilla historia contada por Camilleri en torno a los avatares de los hermanos Sacco acaba por tener también, en última instancia, mucho de reivindicación del poder esclarecedor del detalle, de la historia mínima, de la capacidad de, a través de esta pequeña historia de una familia en medio de un modesto pueblecito aislado entre montañas, contar hechos que pueden ser en ocasiones más esclarecedores que cualquier libro de historia; esto es, la conciencia de que, rescatando las vivencias y recuerdos más íntimos (la tan traída intrahistoria configurada, según Unamuno, por la historia de la gente sin historia), es posible recuperara con minúsculas pinceladas la brocha gorda de los manuales para traer, de forma precisa y casi inadvertida, certeros apuntes sobre la vida misma de una comunidad y sus intrincadas relaciones, costumbres y modo de vida. 

En este punto es forzoso recurrir a la necesaria referencia a los “romanzi inchieste” de Leonardo Sciascia, nacido a apenas diez minutos del Raffadali en que transcurren los hechos de La banda de los Sacco y a unos pocos kilómetros de Agrigento, una ciudad cuyas espantosas construcciones son uno de los más ilustrativos recuerdos de la inmoral relación mafia-estado en tiempos más cercanos.

Basta señalar, en último lugar, que todo lo que el libro tiene de brevedad lo gana en concisión: no hay apenas descripciones, la trama fluye sin apenas interrupciones pese a las constantes referencias a actas judiciales y textos diversos. Dividido el texto en dos partes, Los hechos, tal como ocurrieron, más objetiva y narrativa, y Consideraciones sobre los capítulos, más personal y subjetiva, solo cabe lamentar que la traducción española tengan que perder necesariamente esos intraducibles giros sicilianos de la primera parte que, en la versión original, ayudan a diferenciar ambos bloques y configuran un relato que por momentos se acerca más a la recitación de los cantastorie tradicionales que a la de un narrador, haciendo perder por el camino parte de la gracia del texto. Ello, obviamente, no es algo achacable al traductor Juan Carlos Gentile Vitale, quien ha traducido más de una decena de títulos Camilleri para Destino y nos ofrece en esta obra una muestra más de la ingente creatividad de Camilleri alejada de la sobradamente conocida Vigata de Montalbano.

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