Indro Montanelli, La sublime locura de la revolución

INDRO MONTANELLI, La sublime locura de la revolución, trad. David Paradela. Gallo Nero, Madrid, 2015, pp. 209, ISBN: 978-84-9423575-7

Aunque es uno de esos dichos de dudoso cumplimiento, en ocasiones, sobre todo con ciertos sucesos históricos, una imagen puede valer provisionalmente más que mil palabras. Uno de esos casos es la fotografía que circuló a finales de 1956 de una inmensa cabeza de Stalin, casi de la misma altura que los viandantes, agujereada y maltrecha en mitad una calle de Budapest junto a las vías del tranvía entre fragmentos de adoquines, papeles y restos dispersos por el suelo. En definitiva, el panorama callejero que uno puede esperarse después de una algarada revolucionaria y una ilustrativa prueba del desafío popular surgido justamente esos meses en Hungría en contra del status político comunista.

A quienes conozcan la historia, la foto en sí misma les será suficiente para evocar los datos esenciales. A los que no, les interesará saber que los hechos acaecidos en Hungría entre finales de octubre y principios de noviembre de 1956 representan una de las más trágicas consecuencias de la muerte de Josef Stalin en marzo de 1953 y del posterior proceso de “desestalinización” iniciado con el célebre informe Jrushchov y su “discurso secreto” del XX Congreso del Partido Comunista del 25 de febrero de ese mismo año, 1956. Dicho informe, en el que se censuraba “cómo el culto a la persona de Stalin creció gradualmente” hasta transformarse paulatinamente en “una serie de perversiones excesivamente serias de los principios del Partido, de la democracia del Partido y de la legalidad revolucionaria”[1], tendría importantísimas repercusiones en gran parte de los países de la órbita soviética, especialmente en Polonia, Yugoslavia y Hungría, donde, para desgracia de los húngaros, el Kremlin decidió poner límites de forma drástica y ejemplar a tal proceso de desestalinización.

Desestalinización sí, ma non troppo.

El escritor, periodista e historiador Indro Montanelli (1909-2001) fue testigo ejemplar de aquellos acontecimientos y, además de una curiosa película hoy ya olvidada, I suogni muoiono all’alba, dirigida por él en 1961 junto a Mario Craveri y Enrico Gras sobre cinco periodistas italianos que viven las últimas horas de esta revolución húngara encerrados en una habitación de hotel, dejó prueba de ello en esta crónica que publica ahora Gallonero con traducción de David Paradela. La sublime locura de la revolución cubre pues, en 24 entregas, los acontecimientos vividos en primera persona por Montanelli en Hungría desde el 29 de octubre, una semana después de la primera huelga de estudiantes, hasta el 7 de diciembre, cuatro días antes de que el gobierno de Kádár ordenara el arresto de los dirigentes del Consejo Obrero Central y comenzara la depuración de altos cargos del gobierno, entre ellos el Primer Ministro Imre Nagy, ejecutado dos años después tras un juicio sumario.

Observador directo de gran parte de los acontecimientos, además de magnífico prosista y comunicador, le resulte un tanto ajeno al lector el modo tan personal y directo de contar las cosas de Montanelli, habituados desgraciadamente a una aproximación periodística a los hechos de carácter aséptico, con frecuencia de manos de impersonales agencias de noticias al por mayor, o bien, por el lado contrario, a tendenciosas interpretaciones fácilmente identificables dentro de las líneas maestras de las grandes corporaciones que aglutinan los medios de comunicación de masas.

Montanelli, quien por entonces acumulaba ya una valiosa experiencia como reportero y había recorrido varias veces Europa de cabo a rabo, se implica en lo que cuenta, y podrá parecernos oportuna o no su visión de las cosas, pero lo que no se puede negar es que el tiempo acabó confirmando sus argumentos, tanto cuando desmenuza el cómo, cuándo, quién y dónde de la revuelta –desencadenada tras la brutal represión del homenaje al comunista Laszlo Rajk, víctima justamente de una purga estalinista años antes (véase para ello la útil cronología y los perfiles biográficos finales que acompañan el volumen)–, como cuando se adentra en los sobrecogedores detalles de las posteriores fases de represión llevadas a cabo de forma desmedida por el ejército ruso, que no dudó en inundar Budapest y cerrar las fronteras húngaras con sus entonces imponentes divisiones acorazadas ante la pasividad del resto de países occidentales. En definitiva, la enésima versión de David contra Goliat; no por nada los historiadores suelen manejar cifras que se mueven en torno a los veinte mil húngaros muertos, varias decenas de miles heridos y unos doscientos cincuenta mil exiliados… toda una masacre desigual que acabó por convertir Hungría «en un inmenso cementerio rodeado de alambre de espino».

Si bien durante décadas los motivos fueron tergiversados en interés propio (el ‘particular’ Palmiro Togliatti, cómo no, no dejó de repetir que se trataba tan solo de un movimiento de origen fascista al servicio del capitalismo occidental), Montanelli pudo ver con sus propios ojos, con una claridad diáfana, que no se trató en ningún momento de una subversión nacida de grupos reaccionarios, sino justamente de lo contrario. La revuelta, lejos de querer cambiar un sistema por otro, aparentemente solo deseaba recuperar un comunismo más cercano a las raíces socialistas perdidas durante la oscura era stalinista. El problema era, obviamente, que «el comunista no es como el resto de partidos, de los que se puede entrar y salir con cierta desenvoltura. Es más, ni siquiera es un partido. Es, o pretende ser, una religión; y quien ingresa en él, toma sus votos».

Se dice que Shostakóvich, cuando compuso en 1957 su Sinfonía nº 11, subtitulada «1905» en alusión a la crisis revolucionaria del Domingo Rojo de ese año en Rusia (“un réquiem por todas las revueltas reprimidas”, según la definió Rostropóvich), tuvo muy presente durante su composición la para él reciente masacre de estudiantes, trabajadores y ciudadanos húngaros a manos del ejército soviético en Hungría. Aunque la posibilidad fue negada expresamente por el compositor poco antes de morir, no hay duda de que la audición de su estremecedor segundo movimiento, con la evocación de los tumultos callejeros, de la turba asediada por las tropas extranjeras y los disturbios que asolaron la ciudad, puede ser un estupendo complemento a la lectura de esta, una vez más, relevante muestra de la prosa del siempre eficaz Montanelli.

En efecto, La sublime locura de la revolución podría entenderse también, en definitiva, como una suerte de un réquiem por todas las revueltas reprimidas y por el legítimo deseo de los pueblos de elegir sus propios destinos. Así que cuando leemos que la expedición militar de castigo en Hungría se debió a la necesidad de «dar ejemplo al resto de satélites y hacerles entender adónde podían conducirlos estas fuerzas centrífugas de las que siempre parecían ir a remolque», la actualidad parece acabar también dando la razón al manido dicho de que la historia, además de ser cíclica, nos puede ayudar siempre a entender un poco más el presente.

[1] El texto completo puede leerse en: ttps://www.marxists.org/espanol/khrushchev/1956/febrero25.htm

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