Luciano Bianciardi, La vida agria

LUCIANO BIANCIARDI, La vida agria, trad. Miguel González Ros. Errata Naturae, Madrid, 2012, 256 págs. ISBN: 978-84-15217-21-3

En mayo de 1954, en una extracción minera de la Maremma toscana próxima a la localidad natal de Luciano Bianciardi (Grosseto, 1922 – Milán, 1971), una explosión de grisú segó la vida a cuarenta y tres mineros. La tragedia, como en tantas otras ocasiones, no hubiera pasado de ser un accidente si detrás de la deflagración y el derrumbe de las galerías no se escondiera la siniestra mano de la compañía minera, la Montecatini, y su deseo de maximizar los beneficios a costa de la reducción de las medidas de seguridad.

El luctuoso suceso, sumado a la situación en que vivían los mineros, la imposibilidad de encontrar algún tipo de responsable que asumieran las consecuencias y la escasa implicación de la empresa que gestionaba la extracción, fue objeto dos años más tarde del trabajo de investigación I minatori della Maremma (Laterza, 1956), escrito a cuatro manos por Carlo Cassola y un Luciano Bianciardi que se iniciaba entonces en las tareas periodísticas.

La huella que dejó el suceso en Bianciardi, quien recorrió la zona en numerosas ocasiones recogiendo testimonios sobre la vida de los mineros, le llevó casi una década después a retomar de nuevo la tragedia de forma indirecta como uno de los ejes centrales de su cuarta novela, La vita agra, con la que cerraría la llamada trilogia della rabbia, una de las trilogías más interesantes de la narrativa italiana de la segunda mitad del siglo XX formada por tres obras de claro corte autobiográfico; en concreto, Il lavoro culturale (Feltrinelli, 1957), en torno a la infancia y adolescencia de dos personajes en una ciudad de provincias; L’integrazione (Bompiani, 1960), sobre su frustrada llegada a una Milán refractaria a las novedades culturales; y, finalmente, La vita agr (Rizzoli, 1962), donde narra su posterior aislamiento en medio de la despersonalizada capital lombarda fruto del boom económico de los cincuenta

En esta última el personaje, un intelectual de corte socialista y elevados ideales, llega a Milán con el único propósito de reivindicar el desastre de la mina haciendo saltar por los aires la sede de la empresa minera. Para ello no dejará de rondar los alrededores del edificio mientras planea el atentado en los escasos ratos libres que le dejan los diferentes trabajos que va consiguiendo, primero como redactor de un periódico, luego como corrector de imprenta y, finalmente, como traductor del inglés, un trabajo aislado que, a fin de cuentas, no hace más que ahondar en su progresivo aislamiento, en el momento en el que le permitirle vivir y trabajar totalmente solo en una urbe en la que la alienación del individuo es ya algo palpable.

Cada vez más alejado del objetivo inicial y del mundo que le rodea, el aislamiento en el que el personaje se encuentra acaba conformándose, pues, en el eje central sobre el que gira la novela; de hecho, cada paso que da el narrador –cuyo compromiso político recibe un momentáneo impulso al conocer a la reivindicativa Anna en una manifestación de izquierdas– le lleva irremisiblemente hacia el abismo de soledad en medio una metrópolis en la que los diferentes mecanismo capitalistas son otras tantas trampas dispuestas para anular la individualidad del personaje y sofocar, con él, todo intento de humanidad y solidaridad. Impagables, en este sentido, algunas escenas como la del mendigo muerto ante la indiferencia de los transeúntes o la reflexión sobre la muerte en las ciudades.

A partir de ese núcleo central, la tensión política y social va dando paso a una narración densa y cortante (muestra de un «neocristianismo de inspiración desactivista y copuladora», según el propio narrador) volcada en la plasmación de una existencia agria y conflictiva, totalmente marcada por la toma de conciencia, desde un punto de vista práctico, de la alienación laboral, la desconfianza en las relaciones humanas y la despersonalización que imprime el nuevo ritmo de la ciudad.

La agudeza crítica de algunas páginas (como el fragmento sobre la reducción del sexo «de fin a medio» como elemento subversor de la civilización moderna y en tanto superación del neocapitalismo y el socialismo de las páginas 70 a 86), la interesante galería de personajes que circulan por la novela (piénsese en la comprometida Anna, conocedora de múltiples técnicas de contestación callejera; el pintor Carlone, con quien comparte inicialmente piso; o en el director del periódico, Fernaspe, con sus peculiares teorías sobre el paso del neorrealismo al realismo), así como la brillantez, ingeniosidad y mordacidad con que describe la desprotección del individuo en la sociedad actual, hacen de esta novela no solo el testimonio de una época, sino también una obra destinada a perdurar en los cánones de la buena literatura.

«Lo sé –dice en narrador casi al final de la novela–, diréis que esta es la historia de una neurosis, el historial clínico de una ostra enferma que ni siquiera consigue fabricar la perla (…) Y precisamente por ser mediocre creo que merece la pena contarla. Precisamente por estar entretejida con sentimientos y hechos que ya han sido enmarcados por los estudiosos, por los historiadores, sociólogos y economistas. Dentro de un fenómeno identificado, preciso y etiquetado, esto es, el milagro italiano…» 

A este milagro italiano, el prematuramente fallecido Bianciardi le supo sacar los colores en más de una ocasión. Y esta es una de ellas.

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