Frédéric Pajak, La Inmensa soledad

Frédéric Pajak, La Inmensa soledad

FRÉDÉRIC PAJAK, La inmensa soledad. Con Friedrich Nietzsche y Cesare Pavese, huérfanos bajo el cielo de Turín, trad. Javier de Prado Biezma. Errata Naturae, 2015, págs. 320, ISBN: 978-84-15217-87-9

Si la satisfacción que aporta un libro se mide en función de las puertas que nos va abriendo según avanza la lectura y de los puntos de fuga que nos encontramos a cada paso (esto es, de las sugerencias y conexiones inesperadas que plantea cada página) se puede afirmar que el peculiar “ensayo-cómic-novela gráfica” de Frédéric Pajak es un título  totalmente satisfactorio.

Y decimos “ensayo-cómic-novela gráfica” porque se trata precisamente de eso, de una particular mezcla de géneros que aporta lo mejor de cada uno de estos géneros. Frédéric Pajak, editor desde hace dos décadas de Les Cahiers Dessinés, donde ha dado a luz desde volúmenes de Roland Topor, hasta la obra de dibujantes satíricos como Gébé o autores más recientes como Noyau, ha realizado en La inmensa soledad un ejercicio de gran originalidad y de resultados difícilmente definibles. Tal y como afirmaba el propio Pajak al poco de su publicación: “Creo que no existe equivalente a lo que hago. No es cómic, ni novela gráfica, ni tampoco autoficción. Tampoco me convence llamarlo ‘ensayo gráfico’. Prefiero decir que es ‘un relato escrito y dibujado’”.

Por ello, cualquier intento de decir qué es este título puede llevar a la confusión; quedémonos al menos con eso de “relato escrito y dibujado”, en el momento en que se trata de la yuxtaposición de un dibujo central a base de tinta negra junto al que se alternan textos en prosa que ilustran distintos retratos, vivencias, lugares y momentos de las vidas, las obras y, sobre todo, de las trágicas experiencias turinesas de los escritores Friedrich Nietzsche y Cesare Pavese. 

A veces como complemento, otras como aclaración, otras como contrapunto, estos comentarios a los dibujos se nos presentan siempre sinuosos, configurando una obra que bascula entre las biografías del filósofo alemán y del narrador piamontés, y la glosa de la capital piamontesa a la que el propio Pajak hizo una suerte de viaje iniciático de introspección. Y es que, en última instancia, se trata del montaje paralelo de una triple biografía, la de Nietzsche, la de Pavese y la del propio autor, escrita a modo de ensayo y teniendo siempre a la ciudad de Turín como centro rector de la narración, una ciudad que, a base de un sencillo pero expresivo dibujo en blanco y negro de vistas panorámicas, fachadas señoriales, pórticos nocturnos e imposibles vistas a vuelo de pájaro, acaba delimitada en una particular y personal guía visual en la que de tanto en tanto se reconocen algunos de sus rincones más célebres.

Las coincidencias vitales de dos escritores tan distantes literaria y emocionalmente (“uno bajo la inquietante máscara de un Dionisos excesivo, el otro bajo los rasgos cerrados de un introspectivo, convencido de su destino de suicida”, remarca Pajak en el prólogo) son suficientes para dotar de coherencia un texto que aparentemente podría plantear una relación que no va más allá de la elección de Turín como lugar de revelación y expiación. Como es sobradamente sabido, si por un lado Turín fue el escenario en el que un 3 de enero de 1889 Nietzsche acabó tirado en el suelo abrazando a un caballo apaleado y cayendo irremisiblemente en el abismo de la locura, por otro, es también la ciudad que eligió Pavese para quitarse la vida poco más de sesenta años después, el 27 de agosto de 1950.

Quizás este detalle baste por sí solo para trazar un paralelismo capaz de sostener la narración, aunque también se podría añadir la misma temprana pérdida de la figura paterna por parte de ambos autores, la común infancia vivida en un ambiente femenino y, en último lugar, la enajenación en un caso y el suicidio en otro apenas pasado el umbral de los cuarenta año. Sabiendo que algunos de estos datos también son compartidos por el mismo Pajak, se puede sospechar que la estancia en Turín del dibujante tuvo probablemente mucho de terapéutico y que tal vez no se trató simplemente de un viaje como turista. Igual no venga al caso, pero aunque está bastante extendida la idea de que Turin es la segunda ciudad del mundo con más adeptos a los cultos satánicos (¿cuál será la primera?) y que goza desde hace tiempo de una curiosa reputación como ciudad demoníaca… lo cierto es que a su llegada a Turín, la capital piamontesa representó para Nietzsche desde el primer momento el ideal de ciudad barroca y aristocrática por la que deambular y en la que disfrutar de unos goces mundanos que hasta la fecha le habían sido ajenos. “Las aceras de esta ciudad son un Paraíso para mis pies. Solo los pensamientos que tenemos caminando valen algo. He aquí la ciudad que yo necesitaba en este momento”, escribía al poco tiempo de su llegada mientras se perdía por sus calles y meditaba algunos de los fragmentos de Ecce homo, El crepúsculo de los ídolos y El anticristo. No por nada, en la pequeña placa en la esquina del nº6 de la calle Alberto en la que vivió aún se puede leer que “in questa casa Federico Nietzsche conobbe la pienezza dello spirito che tenta l’ignoto, la volontà di dominio che suscita l’eroe”. A unos pocos metros de ella, sin embargo, se encuentra la misma plaza Carlo Alberto en la que tuvo lugar su famosa crisis, aquella que le hizo aferrarse a un caballo malherido mientras que, tal vez, como imaginó Milan Kundera, le pedía al oído perdón por el sufrimiento que les había causado Descartes al considerar a los animales como seres sin alma.

Conocido es también el caso de Pavese; nacido en la cercana Santo Stefano Belbo, eligió en su caso una solitaria habitación, la 364, del Hotel Roma para acabar con su vida. Para él la ciudad no tenía nada de glorioso, sino que era no era más que una villa triste a la que los campesinos como él se desplazaban para encontrar trabajo en la fábrica de la Fiat. Dos ciudades y dos visiones, sí, pero un mismo destino trágico.

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