Scipio Slataper, Mi Carso

SCIPIO SLATAPER, Mi Carso, trad. Pepa Linares. Ardicia, Madrid, 2013, 144 págs. ISBN: 978-84-941235-2-8

Como toda ciudad dotada de connotaciones simbólicas, Trieste, encrucijada de religiones, lenguas e imperios, puede considerarse más un constructo mítico que una realidad. Y lo es más aún incluso si consideramos cómo la literatura, de forma directa o indirecta, ha colaborado en ello; visitar Trieste y no tener presente lo que de ella dijeron Italo Svevo, Umberto Saba o Scipio Slataper –probablemente los autores que en mayor medida colaboraron en la configuración de una visión de la ciudad en un momento concreto, principios del siglo XX, en el que esta basculaba entre el influjo eslavo, la atracción italiana y el sometimiento al poder austriaco– es dejar atrás parte de su interés no solo como ciudad, sino también como espejo de las contradicciones de la historia europea contemporánea.

Porque Trieste, se mire como se mire, es una ciudad literaria: por sus calles y jardines pasearon James Joyce, Rilke, Eugenio Montale, Robert Musil… autores que dejaron de ella páginas y recuerdos que todavía perduran tanto entre sus habitantes como en el imaginario colectivo de los lectores. Es esta, sin embargo, una operación que no está exenta de riesgos, teniendo en cuenta que literaturizar una ciudad implica siempre encajonarla necesariamente en los límites de una determinada visión personal, tal y como recuerda Claudio Magris en el texto elegido como prólogo de Mi Carso. En él, retomando una de las reflexiones centrales de su Trieste: un’identità di frontiera (Einaudi, 1982; Trieste: una identidad de frontera, trad. César Palma, Pre-Textos, Valencia, 2007), el autor triestino respalda una idea muy precisa: que quienes intentan reducir la ciudad a una única visión a priori acaban, por un lado, falseando su constitución multiforme y, por otro, chocando inevitablemente con la incomprensión de quienes no se reconocen en ese producto final.

Tal vez todas estas palabras no dejarían de ser mera literatura si no fuera porque son justamente estos tres elementos (la búsqueda de la identidad propia y colectiva, la concreción de la «triestinidad» y el falseamiento de la realidad en favor de una determinada visión) algunos de los ejes sobre los que gravita en parte Il mio Carso, la breve y significativa novela de Scipio Slataper (Trieste, 1888 – Monte Calvario, 1915). 

Cabe recordar por ello las palabras con las que Scipio Slataper inicia su novela: «Quisiera engañaros, pero no me creeríais. Sois listos, sagaces, en seguida comprenderéis que soy un pobre italiano que pretende barbarizar sus preocupaciones solitarias». Se trata, sin duda, de toda una declaración de intenciones que cobra especial relevancia ahora que, cumplidos ya los cien años de su publicación, la aparición del texto en castellano coincide con un momento en el que el nacionalismo rebrota con fuerza en medio de un europeísmo en caída libre y en el que, más que nunca, términos como ‘nación’ deberían ponerse cuanto menos en cuarentena. 

Todo ello cobra además interés si se multiplican los puntos de vista desde los que se puede leer Mi Carso, desde la propia decodificación de la sinuosa y lírica trama de la novela hasta la posible lectura derivada de la génesis misma del texto, escrito como está en una Trieste que era a principios del siglo XX todo un hervidero de posicionamientos con frecuencia divergentes incluso dentro de la misma corriente irredentista que clamaba por la incorporación de Istria al recién nacido Reino de Italia. Completaría el cuadro la más directa lectura autobiográfica y, en último lugar, el abrumador material exegético generado cuando, tras la trágica y temprana muerte de Slataper durante la Gran Guerra, la obra pasó a leerse a partir de claves excesivamente politizadas.

Es por ello que conviene afrontar la lectura de Mi Carso con sumo cuidado, posicionándonos, tal y como Slataper nos sugiere, en cuanto lectores «listos, sagaces» capaces de seguir con máxima cautela los vericuetos de esa verborréica, lírica y densa primera persona (solo en apariencia sincera, cabe insistir) que inunda la narración desde los compases iniciales de uno de los incipit más recordados de la literatura italiana: «Quisiera deciros: nací en el Carso, en una casucha con el tejado de paja ennegrecida por el humo y las lluvias».

Y ello sin olvidar que late también en Slataper un constante deseo de mistificación, una cierta necesidad de definir lo que le rodea y, al mismo tiempo, de autodefinirse, de autorrepresentarse ante sí mismo y ante el lector. Para ello, mezclando la descripción de ambientes, historias familiares y un particular listado de filias, fobias y esperanzas infantiles y juveniles (los «buenos tiempos aquellos, de amor y de gloria» dedicados a los juegos de policías y ladrones o a la caza de gatos y mirlos), Slataper acaba por crear una obra que es mitad biografía de tintes líricos, mitad Bildungsroman y mitad ejercicio de introspección. Una obra en la que, como constante telón de fondo, cobra especial relevancia el descubrimiento del Carso, la meseta fronteriza slovena a los pies de la cual se encuentra la ciudad de Trieste.

De este modo, si la infancia y primera juventud del autor ocupan la primera parte del texto, es el descubrimiento de la montaña quien ocupa la segunda. En un momento en que se siente «enfermo de anemia cerebral», el descubrimiento del Carso acaba pues por configurarse como el detonante que lleva al autor a adoptar una postura comprometida con la italianidad de Trieste, a enfrentarse a la policía para reclamar una universidad italiana en la ciudad, a abrazar posturas propias del irredentismo, a enfrascarse en emocionadas lecturas sobre Guglielmo Oberdank (ejecutado tras intentar asesinar al emperador Francisco José) así como su final incorporación al grupo Joven Trieste… en definitiva, la toma de conciencia de que «la patria era para mí exclusiva y sagrada».

Explicar qué relación pueda haber entre la montaña y la experiencia posterior del autor dependerá de las perspectivas implícitas del lector, como demuestran las muchas interpretaciones que se han ofrecido de la novela a lo largo de los años. Lo que es innegable es que el Carso es a veces telón de fondo, a veces lugar de reposo para el escritor, a veces escenario de poéticos encuentros con la naturaleza en su búsqueda de una cierta integridad, pero también un sombrío lugar en el que abandonarse, en el que dejarse morir a la sombra de un árbol o en el que reafirmarse, por contraste, en su pesimista visión de la degradada ciudad.

Es como si, en definitiva, el Carso fuera el espacio en el que reside el verdadero espíritu que busca Slataper, espíritu ausente y desatendido en esa ciudad que, a lo lejos, se yergue putrefacta y repulsiva: «Pobre sangre italiana, sangre de gato doméstico. De nada vale esconderse en la oscuridad y escudriñar y saltar sacando las uñas contra la presa; la albóndiga preparada está quieta en el plato. Te aqueja la anemia cerebral, pobre sangre italiana, y tu Carso ya no regenera la ciudad. Túmbate en el empedrado de tus calles y espera a que el nuevo siglo te pisotee».

Si bien algunas referencias biográficas que se insertan en la novela son totalmente claras y diáfanas (como las notas a la reacción del padre durante el conflicto de Abisinia, 1895-1896, cuando Slataper tenía ocho años de edad), otras, por el contrario, son difícilmente entendibles sin afrontar la perpectiva simbólica, como es el mencionado contacto iniciático con el Carso, donde «mi alma se ensancha de veras como el agua en una cuenca inmensa». Lo cierto es que, antes que nada, Mi Carso es una novela de ideas en movimiento sin apenas trama, de flujo de conciencia, plagada, como el pensamiento mismo, de contradicciones a veces sutiles, a veces manifiestas de forma directa, a manos de un autor que se declara igual de «inquieto y desplazado» que su prosa, densa y nerviosa, y donde, por si faltara poco, no escasea la reflexión metaliteraria, la toma de conciencia de sus aspiraciones literarias o la referencia a sus primeros escritos en La Voce (1908-1916), los mismos que le situaron como uno de los autores más relevantes de su generación.

La temprana muerte de Slataper en 1915 durante la cuarta batalla del Isonzo en Monte Calvario (Gorizia) a apenas 60 kilómetros del Carso, no solo dio carta de naturaleza a una de las muchas generaciones perdidas de la literatura italiana, sino que colocó Il mio Carso, su única novela, como una suerte de foto fija de un momento determinado de la naciente historia de Italia. Especular sobre los posibles logros literarios que hubiera alcanzado Slataper de haber seguido con vida (de su grupo, solo Giani Stuparich salió vivo del conflicto, aportando narraciones tan bellas como Guerra del 15 o La isla), no tiene, obviamente, ningún sentido. De él apenas quedaron unas cuantas colecciones de cartas personales, la recopilación de sus escritos periodísticos y esta breve e intensa novela, plurisignificativa y poliédrica, que se lee y disfruta de un tirón y que, como queda dicho, permite más de una lectura simultánea. 

Es curioso, en última instancia, comprobar cómo mientras que Slataper comienza Mi Carso usando la primera persona del singular (el «quiero contaros» del inicio), decida pro el contrario acabarla con una rápida y obsesiva repetición del significativo pronombre «nosotros» en el último párrafo: «Nosotros, rígidos de orgullo, con el corazón que nos estalla de vergüenza, os tendemos la mano para rogaros que seáis justos con nosotros, como nosotros tratamos de serlo con vosotros. Porque nosotros os amamos, hermanos, y esperamos que nos correspondáis. Nosotros deseamos amar y trabajar».

¿Declaración final de intenciones? ¿Deseo de aunar puntos de vista y superar un conflicto que ya se presentía y que, silenciosamente, se iba acercando? No por nada son siempre las grandes obras las que dejan una insidiosa pregunta rondando al lector una vez cerrado el libro, y este es un buen ejemplo.

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