Johan Huizinga, El problema del Renacimiento

JOHAN HUIZINGA, El problema del Renacimiento, trad. Mathias Andlau. Casimiro, Madrid, 2013, 77 págs. ISBN: 978-84-15715-29-0

Publicado en 1920, un año después de la aparición de una de sus obras más reconocidas, El otoño de la Edad Media, el breve texto que ahora nos presenta la editorial Casimiro Libros con traducción de Mathias Andlau, El problema del Renacimiento, es una muestra más de la prosa ágil, sugestiva y llena de erudición del filósofo y pensador holandés Johan Huizinga, uno de los más destacados artífices de la llamada Historia de las Mentalidades.

A escasos años, pues, de cumplirse el primer centenario de su aparición, la afirmación central que palpita a lo largo del texto, que “el problema del Renacimiento aún no ha sido analizado en todas sus vertientes”, parece no haber perdido vigencia. De hecho, da la impresión de que hace tiempo que las grandes cuestiones de la Historiografía, tales como la reflexión en torno a la génesis de los grandes períodos históricos o la idiosincrasia de las diferentes fases de la evolución cultural, cedieron terreno ante otras disciplinas que estudiaban los fenómenos culturales desde posturas más diversas, como es el caso de los cultural studies, centrados en abrir nuevos enfoques en torno a las cuestiones de género, los estudios coloniales o el variado fenómeno de la subalternidad.

Sea por este motivo o por la comodidad que supone aceptar unos postulados inamovibles que excluyen toda crítica a la hora de determinar fases y rasgos de las historia cultural europea, lo cierto es que el texto de Huizinga puede seguir sirviendo hoy en día de referencia tanto por su estilo directo, ameno y preciso, como por el contenido que plantea: la revisión del concepto que tenemos del Renacimiento y los problemas que surgen al cuestionar desde una perspectiva más abierta la exactitud de sus características definitorias.

Y es que el objetivo de Huizinga no es ni más ni menos que poner en tela de juicio esos mismos rasgos que desde finales del XIX contribuyeron a formar, tal vez de una forma excesivamente idealizada, nuestra imagen del Renacimiento. Para ello, el autor de Homo ludens parte de una doble vía: por un lado, centrando su atención en el nacimiento y desarrollo mismo del término Renacimiento desde sus primeras apariciones en textos de Lorenzo Valla o Giorgio Vasari hasta su consolidación tras la publicación de La cultura del Renacimiento de Jakob Buckhardt; por otro, relativizando dentro de un contexto bibliográfico más amplio algunas de estas presuntas características definidoras, como son el individualismo, el paganismo o la recuperación del ideal de cultura inspirado en la Antigüedad.

En ambos casos la conclusión del maestro holandés pasa por el establecimiento de tres cuestiones esenciales que, sin duda, deberían anteceder a cualquier planteamiento teórico o metodológico: ¿se puede realmente hablar de una ruptura entre la Edad Media y el Renacimiento o conviene, por el contrario, poner en tela de juicio la simplificación que supone esta división histórica?; ¿no sería recomendable, en todo caso, adoptar una perspectiva más integradora que no obviara de forma tajante los numerosos elementos medievales que perduraron hasta bien entrado el siglo XVI?; y por último, ¿tienen realmente la Edad Media y el Renacimiento un carácter tan marcadamente antitético, o tal vez la verdadera fisura no media entre la Edad Media y el Renacimiento, sino entre este y la Edad Moderna?

Piedra miliar en todo este razonamiento es, no podría ser de otro modo, el manual publicado por Jacob Buckhardt en 1860, La cultura del Renacimiento en Italia, una obra con la que “la palabra Renacimiento cobra todo su significado”.

Valorando de forma particular cada uno de los capítulos que conforman la obra y teniendo como hilo conductor algunas de sus afirmaciones, la reflexión en torno a la obra de Buckhard pasa por el cuestionamiento de la validez de, entre otros, aspectos tan cardinales como son el origen del giro renacentista en una estructura social muy concreta, la toscana, propiciadora de una valoración objetiva del Estado al tiempo que se formaba una visión subjetiva del individuo; el tantas veces proclamado desarrollo de la individualidad y el deseo de fama del hombre renacentista; la importancia de la recuperación de los modelos de la Antigüedad grecolatina y el desarrollo de un nuevo ideal de belleza; o  la adopción de una actitud subjetiva ante la religión acompañada del renacer del paganismo.

La admiración por la amplia visión que Buckhardt supo imprimir en su obra no impide a Huizinga, por otro lado, señalar desde una postura crítica los que posiblemente son sus dos peores defectos: el hecho de que no valorara con exactitud el importante poso medieval que todavía latía bajo la superficie renacentista, y la excesiva y manida limitación temporal y espacial que lastraron sus estudios sobre el Renacimiento, por lo general centrados de forma casi exclusiva en la Italia del Quattrocento. Dos defectos, sobraría quizás recordarlo, perpetuados en gran número de manuales escritos desde entonces.   

Partiendo de la base de que el Renacimiento no marcó toda la historia del siglo XVI, sino tan solo algunos de sus aspectos más relevantes y que estos, aun así, deben tomarse con cautela, Huizinga plantea con rotundidad e ilustrativos ejemplos la necesidad de una revisión de todos ellos considerando en todo momento la imposibilidad que supone reducir el Renacimiento a un único concepto. “Quien quiera ver en el Renacimiento una unidad absoluta del espíritu susceptible de plasmarse en una única fórmula, jamás llegará a comprenderlo en todas sus manifestaciones”, concluirá Huizinga.

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