Maurizio Cucchi, El desaparecido

MAURIZIO CUCCHI, El desaparecido, trad. Juan Carlos Reche. Vaso Roto, 2014, 216 págs. ISBN: 978-84-16193-09-7

Igual es una impresión personal, pero siempre he tenido la sensación de que el carácter centrípeto de la poesía hace que sea mucho más difícil la catalogación de poetas, generaciones y corrientes poéticas que en el caso de la prosa, donde los autores son mucho más fácilmente asimilables a tendencias y modelos narrativos. Seguramente es en la multiplicidad de problemáticas formas que adquiere el sujeto de la enunciación en poesía (ese lugar, decía Juan Ramón Jiménez, en el que «donde tienes que ir es a ti mismo»), donde radica una de las grandes dificultades a la hora de dar a conocer una obra lírica. Evidentemente a mayor sea el riesgo que un poeta asume y a mayor distorsión de los presupuestos enunciativos del poema, mayor será también la dificultad del lector.

También es sencillo constatar, dejando de lado cuestiones que atañen a la escasa difusión que se da a los textos poéticos, cómo a un novelista muchas veces le basta una sola novela para consagrarse, ser reconocido y, algo no necesariamente positivo, ser considerado dentro de un determinado género. El poeta, por el contrario, es invisible si no tiene eso que se llama «voz propia», esa marca de fuerte personalidad que, también en muchos casos, no siempre es entendida en toda su dimensión.

Todo esto no sería más que palabras huecas si no fuera porque estas cuestiones acaban por surgir cuando uno se encuentra ante esta imponente Il disperso, obra de exordio con la que el poeta milanés Maurizio Cucchi, una de las voces más relevantes de la poesía italiana de las últimas décadas, entretuvo a la crítica en un ya lejano 1976.

Que un poemario de este calibre haya tardado casi cuarenta años en ser traducido al castellano no deja de ser más que un síntoma más de la posición que ocupa la poesía en el mercado editorial y del reducido espacio que se le otorga en nuestro contexto cultural. El poemario, en todo caso, como toda obra arriesgada tanto en contenido como en forma, requiere sin duda un público lector capaz de entrar en el juego propuesto por el autor, un lector dispuesto a juntar pacientemente las piezas dispersas que conforman este rompecabezas tejido en torno a la problemática desaparición de esa persona enunciada en el título. 

De hecho, sabemos desde los primeros versos que alguien ha desaparecido. No solo por el enigmático inicio «En las cercanías de… hallada la Lambretta. Cubierta de polvo, hecha pedazos», sino también por ciertos versos dispuestos a lo largo del poemario: «Hallado entre los efectos personales abandonados / un diario rico en anotaciones» o, más adelante: «Todo empezó hace unos días. / Me ha referido la portera que lo vio salir / tranquilo a primera hora de la tarde». También refuerzan esa idea, directamente, el título de algunos poemas, como Investigación; informe, Confesión íntima, o En espera del drama. La cuestión, en definitiva, es si somos capaces de saber quién es esa persona, por qué, cuándo y cómo han sucedido los hechos, cuando no, directamente, llegar a descifrar a quién pertenece la cambiante voz de la enunciación: ¿se trata de un investigador, de testigos, de algún vecino, de familiares…?. Y lo que es aún peor, «¿A quién pertenece el ojo del espectador?». Como señala en el epílogo el traductor Juan Carlos Reche, «cualquier explicación o aclaración ulterior de esta poesía sería una impostura».

La reconstrucción de los hechos (o la posibilidad misma de hacerlo) no es, de todos modos, ni necesaria ni obligatoria; más allá de los hechos narrados (y subrayamos narrados porque por momentos la cercanía a la prosa es más que evidente), la gran virtud de este texto, basado justamente en esa fragmentariedad y en una ausencia constante de un centro estable, radica en que el poemario viene en último lugar a representar un sentimiento que transciende los hechos mismos: esto es, el desconcierto del poeta mismo ante la vida y ante la sociedad, un voluntario deseo de diluirse entre esos mismos pedazos de cotinidaneidad sin dar la cara abiertamente («Enmendarse; ser tú, ser él, / ser en mil puntos distintos… ora fijos, / ora rodantes… quien va, quien viene: hombres. / Las múltiples posibilidades no expresadas…»). ¿Incapacidad de afrontar el propio momento o negación de una realidad que le resulta extraña?

Como ya señaló en su día el crítico Magrelli: «Lenticular y concéntrica, la fuerza de Il disperso sigue siendo aún hoy ejemplar en su intacta capacidad de traducir la fibrilación física en palabra poética». Basado pues en ese meditado desencaje de objetos y personas fuera de sitio y alejadas de su cotidianidad, todo el poemario es como una minuciosa descripción de la escena de un crimen en la que alguien, antes de la llegada de la policía, ha puesto todo patas arriba. Captamos el desorden («No es el cerebro ya / quien dicta aquí la ley»), los restos rotos por el suelo de algo que fue vida y por los que se cuelan pedazos del día a día desordenados (fotos, recuerdos familiares, cajones del alma revueltos, la ropa sacada de los armarios…), pero no llegamos nunca a saber exactamente cuál es el crimen y quién es la víctima. La poesía, en definitiva, se entiende más como postura ética y como salvaguarda, en el momento en que «De nuevo una tregua; un inventario. / Lo ideal, tras el gran tufo, / es asomarse a la ventana. Como un loco / agarrado al tubo del gas para no acabar / a plomo con los peces rojos del patio».

Valdrá entonces recordar las palabras de Octavio Paz: «La figura geométrica que simboliza la prosa es la línea: recta, sinuosa, espiral, zigzagueante, mas siempre hacia delante y con la meta precisa. De ahí que los arquetipos de la prosa sean el discurso y el relato, la especulación y la historia. El poema, por el contrario, se ofrece como un círculo o como una esfera: algo que se cierra sobre sí mismo, universo autosuficiente y en el cual el fin es también un principio que vuelve, se repite y se recrea.»

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