Vittorio Alfieri, Bosquejo del Juicio Universal

VITTORIO ALFIERI, Bosquejo del Juicio Universal, trad. Jaime Rosal. SD Ediciones, Barcelona, 2012, 72 págs. ISBN 13: 978-84-92607-77-8

Cuando se trata de hablar de Vittorio Alfieri (Asti, 1749 – Florencia, 1803) sorprenden en un primer momento un par de cuestiones realmente llamativas: por un lado, que un autor de tanta relevancia en la historia de las letras italianas, clave en el estudio del Clasicismo italiano y precursor en parte del Romanticismo en este país, esté tan poco presente en los teatros y en las librerías, no solo en nuestro país; por otro, sobre todo si se conoce su magnífica Vita (1804), una de las autobiografías más interesantes de la literatura europea de todos los tiempos, que un representante de la clase más adinerada del Antiguo Régimen, cuya única pasión durante gran parte de su adolescencia y primera madurez (los años de “enfermedades, ocio e ignorancia”) fue coleccionar caballos de raza a lo largo y ancho de media Europa (tarea a la que dedicó su período de formación durante su grand tour europeo mientras rehusaba encontrarse con Metastasio en Viena o con Rousseau en París), fuera capaz de convertirse en un par de décadas en uno de los referentes indiscutibles de las letras europeas de finales del XVIII y principios del XIX.

En ningún caso la lectura de su autobiografía nos podrá dar pistas sobre ninguna de estas cuestiones, más allá de constatar el tesón con que Alfieri se volcó en la actividad literaria a partir de 1775, cuando contaba  25 años de edad y contrajo “conmigo mismo y con el público el compromiso de hacerme autor trágico”, cargado tan solo de “un ánimo resuelto, tenacísimo e indómito: un corazón rebosante de toda clase de afectos, entre los que predominaban, caprichosamente mezclados, el amor, con todos sus frenesíes, y un profundo, ferocísimo e invencible odio a la tiranía”.

Esta iluminación en su particular camino de Damasco es el que nos lleva, precisamente, a su primera obra conocida, este Bosquejo del Juicio Universal, una pequeña obra dialogada escrita en francés según la costumbre del momento y pensada para ser representada en un pequeño cenáculo privado de la alta burguesía ilustrada turinesa, “una suerte de divertimento teatral paródico –como señala el traductor Jaime Rosal en la introducción a este pequeño y cuidado volumen– cuyo objetivo es la crítica de la sociedad turinesa de la época”. En ella, con la excusa de una audiencia divina dispuesta para valorar el premio o el castigo que se merecen las almas de los difuntos, van desfilando ante los espectadores diferentes personajes de la época en un ir y venir de caracteres (virtuosos los menos, mezquinos la gran mayoría) que haría sin duda las delicias del selecto auditorio, capaz de identificar al personaje de turno oculto bajo cada parlamento.

Pese a que la referencia exacta a las caricaturas de las almas que dialogan con Dios y piden clemencia se escapan totalmente a quien no sea contemporáneo del autor o un experto conocedor de la sociedad turinesa del momento (por la obra desfilan desde ministros del gobierno de Carlo Emanuele III, a aventureros, cortesanos y damas de la corte), las tres sesiones de este volteriano anticipo del Juicio Final que Dios, Jesús y la Virgen María celebran asistidos por el arcángel Gabriel después de tomar chocolate, son una apreciable muestra del ingenio que el primerizo Alfieri supo imprimir en esta breve obra, rebosante de fina ironía y de un afilado deseo de provocar y derribar convenciones, tal y como se caracterizó su posterior producción a apenas dos años de su celebrada Della Tirannide (1777). 

También en este sentido, el de anticipar rasgos luego magistralmente desarrollados, puede entenderse el sucinto repaso a las mezquindades, vicios, torpezas y comportamientos egocéntricos que desfilan por este Bosquejo del Juicio Final, un antecedente menor a esta misma crítica a la tiranía y al falso honor que encontraremos luego repetidamente en sus tragedias más conocidas, tanto las ambientadas en el mundo greco-latino, como Polinice (1781), Antígona (1781), Agamenón (1781), Oreste (1781), Ottavia (1781), Bruto Primo (1786-1789) o Bruto secondo (1786-1787), como aquellas de ambientación más cercana como Maria Stuarda (1780) o La congiura de’ Pazzi (1782).

Enemigo acérrimo de cualquier servidumbre que supusiera una merma de la libertad individual (los desplantes a diferentes monarcas europeos son frecuentes en su biografía, al tiempo que, horrorizado espectador en París de los disturbios previos y posteriores a la caída de Luis XVI, no deja de mostrarse “convencido de que los efectos e influencias de esos reyes plebeyos [los revolucionarios] han de ser para Francia y para el mundo entero más funestos que la influencia y la actuación de los reyes capetos”), el pequeño opúsculo puede servir, pues, para quien desee iniciarse en la obra de este gran maestro de la tragedia de todos los tiempos y conocer los inicios literarios de uno de los referentes indiscutibles del pensamiento más avanzado de finales del XVIII italiano.

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