Ignazio Silone, Salida de urgencia

Ignazio Silone, Salida de urgencia

IGNAZIO SILONE, Salida de urgencia, trad. Dionisio Ridruejo. Revista de Occidente, Madrid, 1969, 305 pp.

Cuando en Il segreto di Luca (1956) Andrea Cipriani, un joven y prometedor socialista que regresa unos días a su pueblo antes de volver a la capital, se vuelca inesperadamente en el intento de descubrir qué es lo que llevó a Luca Sabatini a aceptar una condena de 40 años por un crimen que no cometió, una de las personas a quien primero se dirige es Gelsomina, la hermana de la que fue durante un corto espacio de tiempo la prometida de Luca. Gelsomina, uno de los pocos testigos directos que viven y recuerdan todavía con dolor la particular tragedia que envolvió a Luca cuarenta años atrás, regenta un economato cooperativo gestionado por el partido. La descripción de la pequeña tienda, «un lugar rústico y pobre», es particularmente esclarecedora: tenía el suelo «de tierra compacta, las paredes de piedra y grava, sin revocar, y un enrejado de cañas por techumbre. Los artículos en venta se limitaban a la pasta, aceite de oliva, bacalao, cordelería, azufre y jabón. Sobre los anaqueles de los macarrones pendían dos oleografías en color; una representaba la gran cabeza de Carlos Marx, con su lechada cabellera, y la otra, Nuestro Señor, vestido con una gran túnica roja, cuando pronunció el sermón de la Montaña: ‘Bienaventurados los que tiene hambre y sed de justicia…’». 

Aunque ya Silone había dado algunos indicios en los primeros compases del relato, es en este momento cuando, lejos de extrañarse por la paradójica y antitética presencia de las imágenes de Carlos Marx y Jesucristo en un economato socialista, el lector de Silone reconoce que se encuentra de nuevo en el particular mundo del autor; que, efectivamente, hemos regresado una vez más a ese pueblo de la Marsica, en el centro de Abruzos, al que Silone nos llevó una y otra vez a lo largo de los años y que se erige aquí de nuevo como el enésimo trasunto de su Pescina natal: un pequeño microcosmos poblado por escasos y orgullosos terratenientes, por peculiares curas rurales y, sobre todo, por una legión de humildes cafoni, de miserables campesinos que logran subsistir a duras penas en las condiciones más extremas, mientras unos pocos, los más atrevidos, se debaten conjugando su noción de ‘solidaridad’ a partir de las dos únicas opciones de esperanza que su negro futuro les depara: el comunismo y el cristianismo.

La idea de este cruce de opciones vitales, comunismo y cristianismo (en apariencia dispares, aunque nacidas ambas como respuesta a una vida condenada a la más absoluta precariedad), es, en efecto, el gran eje temático que vertebra gran parte de la producción de Ignazio Silone (Pescina, 1900 – Ginebra, 1978), para quien todos sus títulos, independientemente de su forma final, no eran más que la continua reelaboración de una única obra central. 

Lo afirmaba en la nota introductoria a la edición italiana de Vino e pane (1955), publicada originariamente en 1936 en alemán durante su largo exilio suizo y, al igual que las posteriores La scuola dei dittatori (1938) o Il seme sotto la neve (1941), publicadas en Italia una década y media después totalmente revisadas: solo cuando el escritor, situado al margen de los sucesos contingentes de la historia, es capaz de profundizar en soledad en la «verdad» que subyace a los personajes, solo en el momento en el que se encuentra consigo mismo y con la esencia de su arte, es cuando comprende que escribe siempre el mismo libro. Es entonces cuando descubre que hay una única razón que mueve su escritura: crear «ese único libro que cada escritor lleva consigo, imagen de su propia alma, y del que las obras publicadas no son sino fragmentos más o menos aproximados».

La idea, repetida varias ocasiones a lo largo de su vida, vuelve a aparecer en esta heterogénea Salida de urgencia (1965) con una idea añadida: «como todo escritor que concibe la propia actividad al servicio del prójimo, he procurado, pues, comprender para mí y para mis lectores […] A este fin, pienso, se han dedicado tanto mis narraciones como mis ensayos, entre los que no existe más que una diferencia de técnica».

Tanto sus obras de ficción (desde su célebre Fontamara, 1933, o las posteriores Vino e pane o Il seme sotto la neve) como sus textos de corte biográficos (la presente Salida de urgencia), tienen como objetivo en Silone, en efecto, la comprensión de un mismo fenómeno que, como hilo conductor de una obra que se extiende a lo largo de cuatro décadas, permea toda su escritura: la descripción de la esforzada lucha de sus personajes –y de sí mismo, en primer lugar– no por una justicia social abstracta, sino por una justicia individual nacida de los más hondo del ser, una justicia que preserve la verdad y permita alcanzar al hombre una suerte de libertad personal más allá de consignas prefijadas por determinadas corrientes políticas. Se trata, como el mismo Silone experimentó y contó en esta Salida de urgencia, de una búsqueda que no está exenta de sacrificios y que, saltando por encima de cualquier orden social, queda al alcance de quienquiera que esté dispuesto a poner su vida en riesgo con tal de no traicionar ese ideal.

Ningún personaje más opuesto al pensamiento de Silone, por tanto, que el juez que en Il segreto di Luca condena al personaje y quien, preguntado por Andrea Cipriani sobre la posibilidad de que Luca fuera condenado injustamente y prefiriera la cárcel antes que destapar la verdad de lo sucedido, responde con aridez: «No diga usted tonterías, por favor, señor Cipriani. ¿Usted ha nacido en un lugar rural? No se diría. ¿No sabe usted que la capacidad de sufrimiento de un labriego es de orden físico, y solo para el hambre o los golpes? Pero sufrir por el amor […] es un privilegio del ánimo aristocrático».

La prueba de que el despreciativo juez se equivocaba y de que no hace falta ningún privilegiado ánimo aristocrático para poner toda la vida en juego por un ideal la tenemos, sin duda, en el sacrificado Luca Sabatini, pero también en el propio Silone. Y una prueba de ello es esta Salida de urgencia, un heterogéneo volumen en el que se integran en tres partes diferenciadas narraciones, textos biográficos y ensayos con un mismo objetivo: dar cuenta de la evolución política y vital del autor desde la juvenil toma de conciencia de la miserable situación en la que vivían los campesinos de su Marsica natal (tema de los relatos de la primera parte), pasando por la asunción del compromiso político en las filas obreras durante los años veinte, desde su participación en la fundación del Partido Comunista en Livorno junto a Gramsci y Bordiga, hasta su posterior decepción y expulsión del partido (eje central del capítulo homónimo, el diario autobiográfico Salida de urgencia), hasta llegar finalmente, como etapa última de su evolución, a su alejamiento de la política activa en las filas del socialismo a mediados de los cincuenta, momento en el que, mientras revisa la edición italiana de sus obras para Mondadori, se vuelca en aportar su visión de la sociedad actual a partir de un particular equilibrio entre el socialismo y las recién redescubiertas raíces cristianas (temas sobre los que giran los ensayos de la tercera parte).

Puntualizando que no se trata stricto sensu de una biografía completa y detallada (son muchas las peripecias vitales que quedan fuera del volumen, como su paso por diferentes formaciones socialistas una vez regresa a Italia en plena posguerra tras dos décadas de exilio, la fundación de revistas como Tempo presente junto a Nicola Chiaromonte o su dedicación exclusiva a tareas literarias desde mediados de los cincuenta), Salida de urgencia responde a la necesidad de enmarcar y justificar un momento muy concreto de su vida, el que se sitúa entre las dos ‘salidas’ distintas a las que puede hacer referencia el título: por un lado, la que supuso su ingreso en las filas del recién fundado Partido Comunista en 1921, cuando, apenas adolescente, toma conciencia de la miseria de los cafoni de su Marsica natal y el compromiso político se le aparece como la única forma de salir del aislamiento personal en favor de la lucha colectiva; por otro, la de su posterior salida del partido en 1930, cuando, tras una década de viajes a Moscú participando en diferentes órganos y comités internacionales ligados a la Internacional Comunista, descubre que el comunismo, especialmente tras la toma de poder de la corriente estalinista, no solo era una vía muerta, sino que suponía en definitiva la traslación y perversión de todos los ideales en los que hasta entonces creía, irremediablemente instrumentalizados por intereses personales en manos de un férreo aparato político e ideológico de partido.

Se trata, y se percibe desde la primera línea, de un recorrido que no está exento de amargura, sobre todo al observar cómo «el comunismo, nacido de las más profundas contradicciones de la sociedad moderna, las reproducía todas en su seno y con exacerbada virulencia». El desencanto con el sistema soviético, ese «reino de la arbitrariedad» que Silone conoció de primera mano mientras en el resto de Europa (tal y como se siguió haciendo, todo sea dicho, hasta bien entrado los años sesenta) se loaba un reprobable sistema que en fondo no se conocía o se fingía no conocer, venía en su caso alimentado por el contraste con las posturas del siempre acomodaticio Togliatti y por la constatación de que el marxismo ortodoxo había acabado convirtiéndose, de impulso ético natural, en un instrumento en manos de una élite reaccionaria que disponía del sistema como motor para la adquisición de privilegios personales. En definitiva, la constatación en primera persona de que «toda teoría revolucionaria –tal y como afirma un desencantado Silone– es susceptible de una inversión reaccionaria: basta que caiga en las manos de una clase dirigente y se convierta en instrumento de dominación».

¿Que había quedado entonces de todo este complejo recorrido cuando en 1965 elabora esta suerte de diario biográfico centrado en estos años tan concretos? Pues queda la vuelta, una vez perdida la esperanza en la vía política, al impulso inicial de solidaridad cristiana que desde el principio constituyó la base de su impulso ético y su compromiso social, esto es, la constatación de que «en un país desilusionado, agotado, cansado, como el nuestro», la única riqueza auténtica, fundamental y atávica es la solidaridad cristiana de inspiración franciscana, considerada «la más accesible forma de rebelión contra el destino», la verdadera «riqueza auténtica, una reserva milagrosa» en manos de los más humildes. 

Se trataba, pues, del desfavorable resultado al que llegaba el difícil ensamblaje de un cristianismo interior en el marco de un constructo político determinado, esto es, de la conciliación de «un estado de ánimo de amotinamiento contra una vieja realidad social inaceptable, con las exigencias ‘científicas’ de una doctrina política minuciosamente codificada».

Este conflictivo solapamiento se veía en su caso, además, reforzado por la situación que se vivió en Italia durante la redacción de Vino e pane, un libro que, según la nota a la mencionada edición italiana, había escrito «ex abundantia cordis, inmediatamente después de la ocupación fascista de Abisinia y durante los grandes juicios de Moscú organizados por Stalin para destruir los últimos restos de la oposición». En un contexto como este, «era difícil imaginar una coincidencia más deprimente de eventos negativos. El comportamiento inhumano del general Graziani hacia los combatientes y civiles etíopes, la euforia de muchos italianos por la conquista del Imperio, la pasividad de la mayoría de la población, la impotencia de los antifascistas, eran noticias que me llenaron de un profundo sentimiento de vergüenza. A esto se sumaba el horror y el asco de haber servido durante los años de su juventud a un ideal revolucionario que en su forma estalinista no resultó ser, tal y como entonces lo definí, más que ‘fascismo rojo’».

No resultaba tampoco ajena a esta pesimista visión la reflexión que suscitó en él la trágica represión de la revolución húngara de 1956, a la que dedica el capítulo La lección de Budapest: «Para nuestros intelectuales de izquierdas, difícilmente se podía imaginar una ‘alienación’ más total, poniendo su fe y su esperanza en identificaciones que no lo eran de ningún modo. Es un despertar cruel. Creían marchar con la juventud del mundo, a la vanguardia de la Historia, mientras no eran más que moscas de caballo en su coche fúnebre».

¿Qué opciones se abrían entonces al autor tras la pérdida de cualquier ilusión política y el imposible fracaso en la comunión de impulso ético cristiano y socialismo? Declararse, tal y como hizo, «un socialista sin partido y un cristiano sin Iglesia». A esta idea apuntarían, en estos últimos años de actividad, las primeras páginas de L’avventura di un povero cristiano (1968): «lo que queda en la mente, estando fuera de cualquier iglesia o partido, no puede ser declarado en forma de credo o parágrafo: me parece que, en su conjunto, por cuanto a mí se refiere, en ello conserva, pese a todo, un carácter cristiano y socialista. En cualquier caso, no le doy ninguna importancia a las etiquetas». 

Desencantado con cualquier estructura jerárquica, tanto religiosa como política, Silone acabaría resumiendo en esta última obra dedicada al efímero Papa Celestino V (otro de sus muchos personajes abocado a la tragedia por querer mantener su ideario personal frente a los intentos de sometimiento por parte de estructuras autoritarias) gran parte de su pensamiento político y moral. Será Fra Tommaso, uno de los humildes frailes eremitas que acompañan al futuro papa, quien se encargue de resumir este principio en forma de axioma: «El deber de desobedecer a los superiores que traicionan el ideal es sagrado, es el más cristiano de los deberes. La conciencia está por encima de la obediencia».

La particular visión de Silone le alejó, pues, de cualquier vía establecida, dejando a su vez en el aire, vista su escasa presencia en el panorama editorial, una pregunta final: el hecho de si Silone, ese socialista sin partido y ese cristiano sin Iglesia, al margen de su siempre recordada Fontamara y después del éxito que cosecharon tanto en Italia como en la mayoría de países europeos sus últimas obras (especialmente esta Uscita di urgenza y L’avventura di un povero cristiano), acabó finalmente siendo un escritor sin lectores… al menos en España. De hecho, desde la lejana publicación de tres traducciones suyas hace ya más de medio siglo (El secreto de Lucas por la editorial Cid, 1958 con traducción de José Vila Selma; Vino y pan por Alianza diez años más tarde, en 1968, con traducción de Carmen Martín Gaite; y esta Salida de urgencia por Revista de Occidente en 1969, con traducción de Dionisio Ridruejo, otro escritor que dio dolorosa cuenta de su compleja peripecia política en sus imprescindibles Casi unas memorias, en este caso partiendo de sus orígenes falangista), solo se ha publicado una edición de Fontamara (Arcos Vergara, 1983) y otra de su última obra póstuma Severina (Editorial Denes, 2010).

No creo, sin embargo, que la cuestión le preocupara demasiado a Silone teniendo en cuenta la concepción de su quehacer literario: «escribir –afirma en Salida de urgencia– no ha sido, y no podía ser, para mí, salvo en algún raro momento de gracia, un sereno goce estético, sino la penosa y solitaria continuación de una lucha, tras haberme separado de compañeros muy queridos. Y la dificultad con la que alguna vez me encuentro en el empeño de expresarme, no proviene ciertamente de la inobservancia de las famosas reglas de las bellas artes, sino de una conciencia que se resiste a hacer cicatrizar algunas heridas ocultas, quizá incurables, y que, no obstante, obstinadamente, exige la propia integridad».

Nos encontramos por tanto, y lo señala certeramente Dionisio Ridruejo en el prólogo, con la literatura entendida como una dolorosa forma de «autoinquisición».

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