‘Elena Croce entre dos mundos. El fin de una época’

Pérez Andrés, J. (2015). Elena Croce entre dos mundos. El fin de una época’. En Mª Belén Hernández González & Mª Gloria Ríos Guardiola (eds.), La mela proibita. Saggi e pensieri di scrittrici del Ottocento (pp. 267-287). Roma: Aracne.

Autora de estilo conciso y directo, Elena Croce (Nápoles, 1915 – Roma, 1994) puede considerarse una de las voces más singulares de la producción ensayística italiana de la segunda mitad del siglo XX. Heredera de una tradición perfectamente delimitada, la nacida del ambiente intelectual de inicios de siglo representado por su propio padre, el omnipresente Benedetto Croce, sus escritos biográficos y su intensa y variada labor como dinamizadora cultural hacen de ella un referente excepcional para quien desee acercarse al clima político e intelectual surgido de los rescoldos de la Segunda Guerra Mundial en Italia. Tanto en su faceta periodística, con la creación y mantenimiento de revistas de referencia como «Lo Spettatore Italiano» o «Prospettive Settanta», como con la elaboración de una bibliografía multiforme que abarca, desde una óptica siempre personal, géneros como la crítica literaria, los libros de memorias, la antología erudita de textos clásicos, el ensayo literario o la biografía, Elena Croce fue capaz además de llevar a cabo una tarea que va más allá incluso de su propia obra, «rimanere se stessa essendo figlia di Benedetto Croce» (1).

Estudios sobre el Romanticismo y la novela. Elena Croce nace en Nápoles el 3 de febrero de 1915 del matrimonio formado por el filósofo Benedetto Croce y Adele Rossi. La pareja, que había contraído nupcias apenas un año antes, en marzo de 1914, tendrá en los siguientes ocho años otras tres hijas, Alda, Lidia y Silvia, todas ellas mujeres de gran cultura destinadas a adquirir por mérito propio un significativo peso en los ambientes intelectuales, especialmente romanos y napolitanos, de la segunda mitad de siglo (2).

En Nápoles, donde transcurre su infancia y cursa los primeros estudios, será una de las pocas mujeres que asista en estos años a la facultad de derecho, la misma que había frecuentado su padre cuatro décadas antes. De inteligencia despierta, reservada y curiosa al mismo tiempo, es en este contexto académico donde ve la luz su primera publicación, un texto de marcada orientación crociana sobre la presencia española en la ciudad partenopea escrito como trabajo final de carrera, I parlamenti napoletani sotto la dominazione spagnola (3), con el que venía a continuar las investigaciones eruditas de su padre en un terreno en el que el primer Croce había destacado con uno de los títulos fundacionales de la hispanística italiana, La Spagna nella vita italiana durante la rinascenza (4). 

Pese a que la autora deja pronto de lado este tipo de temas y enfoques de carácter histórico-bibliográfico por voluntad propia («era uscita dall’università senza nessuna vocazione per i veri studii, ma bollata da ciò che si chiama cultura. Era un’intellettuale; l’ultima cosa che avrebbe desiderato o sognato essere»)(5), el interés por la literatura y cultura española seguirá siendo constante en su trabajo a lo largo de los años. De hecho, abierta a todo tipo de lecturas e incansable traductora del inglés, el alemán y el polaco, Elena Croce mantendrá una notable predilección por la literatura española, como muestran sus ensayos sobre Baltasar Gracián, Alarcón o Galdós (6), la redacción de prólogos a clásicos españoles, como el escrito para la traducción de La Gatomaquia de Lope hecha por su hermana Alda (7),  o las traducciones al italiano de poemas de José Bergamín y de textos de María Zambrano (8). 

Con todo, no es hasta cincuenta años después, en 1986, con la publicación del que será su último título editado en vida, cuando este temprano interés por la cultura española acabe por plasmarse en la publicación de su único texto dedicado enteramente a esta literatura, Il Romanticismo spagnolo. La splendida eredità di un Romanticismo povero (9), una colección de ensayos en los que, en base a breves pinceladas biográficas y el comentario a determinados títulos significativos, analiza la obra de autores españoles de finales del XIX y principios del XX como Larra, Espronceda, el Duque de Rivas, Alarcón, Juan Valera, Bécquer y Juan Ramón Jiménez. Muestra de una prosa incisiva y ajena a cualquier tipo de complacencia, en ocasiones susceptible de matices y puntualizaciones (como muestra su visión de Larra, con quien la literatura romántica española «raggiunge la più alta espressione»; el duque de Rivas, autor de una «carriera di fortunatissimo sebbene indigesto drammatico»; o Bécquer, quien «no ricade mai nella convenzione romantica»), la obra es una apreciable muestra de la amplia variedad de enfoques con que Elena Croce afrontó la lectura de los clásicos, así como un magnífico ejemplo del profundo trabajo de investigación y reflexión que llevó a cabo entre finales de los años cuarenta y finales de los cincuenta en torno al Romanticismo. De hecho, aunque el libro fue publicado tardíamente, el análisis de la bibliografía hace pensar en la recopilación de textos meditados y escritos en estos años, cuando su trabajo se orientó primordialmente al estudio de este período, considerado como una de las claves necesarias para la comprensión de la cultura y sociedad europea contemporánea (10). 

Son también estos los años de redacción y publicación de otros dos títulos clave en su producción en los que continúa la reflexión en torno al Romanticismo, en este caso alemán: Poeti e scrittori tedeschi dell’ultimo Settecento (11) y Romantici tedeschi ed altri saggi (12). Ambos volúmenes, en los que Elena Croce destaca especialmente por la variedad y profundidad de sus análisis, más allá de mostrar la amplitud de miras de una voraz lectora dispuesta en todo momento a derribar tópicos y visiones estereotipadas de la historia literaria, son además significativos al prefigurar algunas de las preocupaciones presentes tanto en sus ensayos literarios posteriores como en obras de corte autobiográfico que elaborará a partir de los años sesenta. 

Un ejemplo de ello es el primero de los dos títulos mencionados, Poeti e scrittori tedeschi dell’ultimo Settecento, en el que se encuentran rasgos tan propios de su escritura como son la reivindicación de autores escasamente tratados en los manuales de historia literaria (las páginas dedicadas a Johan Gottfried Seume o George Christoph Lichtenberg); la atención reservada a sutiles detalles psicológicos reveladores del estilo de un autor, esas «notizie che provengono dalla stanza interna dell’animo», en frase de Georg Christph Lichtenberg; la importancia de la autorepresentación en la conformación del escritor y el establecimiento de relaciones interpersonales derivadas de esta concepción (la “consapevolezza dell’io” y la consideración del «amore, sentito come educazione alla morte, in quanto a liberazione dall’io, e che s’identifica con l’amicizia» que observa en Jean Paul); la relevancia dada a géneros ignorados por la historia literaria capaces de representar la sensibilidad de la época de forma más certera que los textos canónicos (como manifiesta la importancia concedida a la autobiografía en Jung Stilling, donde la narrativa alemana alcanza su mayor cota de «limpidezza ed autenticità di vena poetica»); o la reflexión sobre la labor creativa del escritor. 

La misma línea de investigación e interpretación de textos clásicos volverá a estar presente en Romantici tedeschi ed altri saggi, de nuevo una «galleria di ritratti […] alquanto disorganica, oltre che esigua» en la que retoma el estudio del Romanticismo alemán analizando la obra de autores como Ludwig Tieck (sobrevalorado autor de quien, pese a la uniformidad de su obra, aprecia su «assoluto smarrimento della misura dell’umano col quale si annunzia la crisi psicologica del romanticismo») o Rahel Levin (creadora de una epistolografía cuyo «nervo […] coglie tutte le vibrazioni del suo tempo» además de animadora de un célebre “salotto” cultural) (13). Dispuesta siempre a acercar a los lectores con una mirada erudita ajena a cualquier convencionalismo obras y autores no siempre presentes en los manuales, al tiempo que a echar nueva luz a figuras clave de la tradición literaria desde una óptica nueva (como son los capítulos dedicados a Achim von Arnim, von Chamiso o Heinrich Heine, de quien deberíamos «lasciare tanto in ombra la costatazione storica che nel “giornalista” Heine si nascondeva, con curiosa modestia, uno dei più grandi critici dell’ottocento»), el volumen revela ante todo la capacidad de la autora para trazar en breves líneas profundos y siempre agudos análisis psicológicos de autores y personajes de época. 

Por lo demás, que estos son algunos rasgos constantes en sus ensayos literarios se observa al comprobar cómo están también presentes en dos de sus grandes ensayos posteriores enfocados, en este caso, al estudio de dos momentos de la tradición novelesca europea: por un lado Periplo italiano. Note sui narratori italiani dei primi secoli (14),  una obra sobre los primeros narradores de la tradición literaria italiana escrita, según Annunziata Rossi, para «volver accesible un patrimonio de cultura y de arte» y «liberarlo del hortus conclusus del especialista que se vuelve a menudo enterrador de la obra literaria»; por otro, Il congredo del romanzo, una sugerente colección de ensayos sobre el arte narrativo de Henry James, Joseph Conrad, Galdós y Fontane. 

En el primero de ellos, además de partir de nuevo de una aguda lectura de los clásicos, tomando como referencia el redescubrimiento y revalorización de obras menores de la tradición italiana y otorgando una vez más una mayor importancia a géneros olvidados como las epístolas y los diarios (la predilección por la Vita Nuova antes que por la Commedia, las cartas de Maquiavelo antes que El Príncipe) Elena Croce desarrolló uno de sus postulados más controvertidos de su producción: el del problema de la “negación de la novela” en la tradición italiana, entendida como respuesta a la “vocación antinarrativa” presente desde Pulci, Boccaccio, Boiardo o Bandello. 

La explicación a esa falta de narradores en la historia literaria italiana radicaría, según la autora, en el hecho de que en Italia, frente a países de “catolicismo menos romano” en los que «podrá prosperar la planta irracional y mágica, germinada en el terreno de una cultura céltica», la literatura se defendió desde sus orígenes «como quizá ninguna otra, del irracionalismo», asumiendo «el aspecto de racionalidad hasta la reverencia escéptica con la que se detiene, casi contemplativamente, ante el misterio de la naturaleza humana». Esta búsqueda de la racionalidad llevaría a los escritores a alejar «de sí toda sombra de aquella soberbia o barbarie, titánica, que vemos resurgir, en cambio, bajo la ambición y la ilusión animadora, en la novela moderna (ya sea escrita o bien vivida): la ambición acariciada por el individuo, en su conciencia burguesa, de poderse considerar protagonista –aunque sea en miniatura- de una experiencia única», de forma que «el individuo parece haber nacido ya vacunado en contra de la ambición o la ilusión de considerar como única y sin antecedente su propia experiencia o descubrimiento del mundo» (15). 

Por lo demás, de forma más intensa aún si cabe que con la literatura española, Elena Croce mantuvo toda su vida un notable interés por la literatura alemana, lo que la llevó a desarrollar una notable labor como traductora de autores germanos, bien en ediciones completas (16), bien dentro de antologías que gozaron de un notable prestigio, como es el caso de Poeti del Novecento italiani e stranieri (17) donde reunió algunas de sus traducciones de Stefan George, Rainer Maria Rilke, Konrad Weiss o Bertolt Brecht. 

Muestra de su actividad editorial, a esta reseñable antología le seguirá diez años después otra valiosa recopilación de textos escrita junto a su hermana Alda, en este caso de autores del sur de Italia, titulada Narratori medidionali dell’Ottocento (18), en la que se reunían fragmentos de, entre otros, Vincenzo Padula, Luigi Capuana, Salvatore di Giacomo o Edoardo Scarfoglio.

El “salotto” romano de los Craveri y el trabajo editorial. Estos años de fecunda actividad ensayística y erudita que cubren desde finales de los cuarenta hasta finales de los cincuenta son también los años en que Elena Croce desarrolla una intensa actividad editorial en una de las revistas de mayor calado de la posguerra italiana, «Lo Spettatore Italiano», nacida con el deseo de crear una publicación que «ritrovasse il filo di una critica spregiudicata, libera». 

Surgida en un momento marcado por «patetici tentativi di restaurazione illuminata», cuando estaban ya «esaurite le delusioni delle grandi aspettative dell’immediato dopoguerra» (19), «Lo Spettatore Italiano» (1948-1956) será importante no solo por la calidad de los colaboradores y los textos aportados (en ella participaron en diferentes momentos Walter Binni, Claudio Varese, Cesare Segre, Franco Fortini, Elémire Zolla o un joven Pietro Citati, y se publicaron las primeras traducciones y ensayos sobre György Lukács, Walter Benjamin o Theodor Adorno), sino porque desde su fundación a principios de 1948 de manos de Pietro Antonelli, Elena Croce y Raimondo Craveri, en ese momento su marido, «Lo Spettatore Italiano» supo reunir una extensísima nómina de hombres de cultura que vieron en la pareja Croce-Craveri un punto de encuentro necesario en el polarizado clima intelectual surgido de la posguerra. 

Lo atestigua Pietro Citati, quien recuerda cómo, al conocer a Elena en su casa de Piazza Santi Apostoli en Roma en 1953, «nel suo salotto, si potevano incontrare grandi studiosi viennesi e spagnoli, storici, critici letterari, economisti svedesi ed inglesi, banchieri d’ogni paese, critici d’arte, giovani scrittori, giornalisti cattolici e d’estrema sinistra, gli azzurrissimi occhi di Marguerite Caetani, e gli occhi non meno azzurri di Giorgio Bassani, che allora scriveva i suoi racconti più belli» (20).

«Lo Spettatore Italiano», convertido de inmediato en un referente para todos aquellos que anhelaban una renovación en el panorama intelectual de finales de los cuarenta, acabará por dar cabida a todos estos intereses que animaban la cultura del momento y que encontrarán en el salón romano de los Craveri un necesario nexo de unión. Se trataba, en definitiva, de ese commerce de l’esprit que para Roberto Calasso define la actitud cultural que Elena acabó finalmente por asumir y que, más allá de estar presente en sus actividades editoriales y literarias, permeará toda su vida, logrando «essere come una maglia all’interno di una rete invisible, che però permetteva di passare tra persone che lasciavano un segno in chi le incontrava» (21).

Como señala acertadamente Emanuela Bufacchi :

Il loro salotto romano [de Elena y Raimondo Craveri] costituiva una sorta di osservatorio aperto sul panorama contemporaneo e possedeva la prerogativa di favorire lo sviluppo di quella leopardiana ‘civile conversazione’ su cui si fondò la rivista. Da una parte gli argomenti più ampiamente culturali: il rapporto tra Umanesimo e filosofia, l’eredità di Rousseau, le responsabilità del critico, le caratteristiche del romanzo americano contemporaneo, l’attualità di Leopardi, le condizioni del teatro italiano, il ruolo del romanticismo tedesco, i contenuti della lezione crociana; dall’altra le tematiche politiche e sociali: lo sviluppo di un’economia moderna, il superamento del corporativismo e del classismo, il dialogo fra mondo cattolico e mondo comunista, l’intreccio tra politica nazionale e internazionale, la critica e la lotta all’anticomunismo, le tensioni tra Occidente e Oriente, la «guerra fredda», il piano Marshall (22).

«Lo Spettatore Italiano» se sumaba así a las numerosas iniciativas editoriales que durante la primera posguerra propugnaron la necesidad de retomar el debate sobre el papel del intelectual en el seno de la sociedad desde un punto de vista interdisciplinar y ecléctico, con la intención, como resume E. Mondello, de «reagire alla tradizionale separatezza del discorso letterario […] e alla necessità di cercare un pubblico quanto più vasto possibile, e quindi non necessariamente omogeneo» (23). Como ejemplo de las muchas publicaciones que tuvieron estos años como objetivo esta reflexión en torno a la relación entre política, literatura y sociedad, bastaría recordar las politizadas «Il Politecnico», la revista florentina fundada por Elio Vittorini, y «Società», fundada por Bianchi Bandinelli, o las más moderadas «Aretusa» y «Costume», creadas en 1944 y 1945 en Nápoles y Milán, respectivamente (24). 

En el caso de «Lo Spettatore Italiano», la variedad de intereses de la revista se plasmó desde el primer momento en una división de funciones, de forma que mientras Elena Croce se encargó de la sección literaria, la sección política quedó en manos de su marido Raimondo Craveri, el cual, adelantando algunos de los planteamientos del posterior “compromesso storico” suscrito por Enrico Berlinguer y Aldo Moro en los años setenta, pretendió sin éxito crear un consejo de redacción que sirviera de puente entre ex miembros de la Sinistra Cristiana y la sección liberal y comunista de la revista. Estos planteamientos fueron especialmente importantes cuando en 1950, tras entrar en contacto con Franco Rodano y Gabriele De Rosa, la revista empezó a tomar una clara orientación política que, si bien supuso la ampliación de los contenidos culturales y literarios, acabó llevando a profundas disensiones y a la posterior ruptura del consejo editor.

En efecto, en el verano de 1954, socavada finalmente la iniciativa unificadora de Craveri por el cruce de intereses irreconciliables que suponían los cada vez más férreos enfoques estalinistas del PC, por un lado, y la intolerancia de ciertos sectores de la izquierda católica, por otro, (esa «atmosfera pesantemente domestica che il prevalere dei due grandi partiti, comunista e demoscristiano, aveva introdotto nel paese») (25), será Elena quien acabe por hacerse cargo de la dirección de la revista, primero en tanto directora única y luego durante los últimos números de nuevo junto a Raimondo Craveri. Este cambio marcó profundamente los últimos números de la publicación hasta su desaparición en 1956, momento en el que Elena acabó por darle a «Lo Spettatore Italiano» una última y exclusiva orientación marcadamente literaria (26).

Esta final preeminencia de los contenidos literarios, bajo el que latía el deseo de ampliar la sección de reseñas con la adición de material más específico, venía también a coincidir con el giro que experimentaron las revistas culturales del llamado secondo dopoguerra, un momento en el que, frustrados los intentos unificadores anteriores, empieza a cobrar fuerza el deseo de elaborar revistas que aportaran una cierta especificidad y dieran cabida a las pujantes neovanguardias, superadoras de los monolíticos presupuestos políticos y literarios precedentes. En esta misma línea se moverán estos mismos años publicaciones como «Officina», “fascicolo bimestrale di poesia”, la revista boloñesa creada en 1955 por Pasolini, Leonetti y Roversi, o «Il Menabò», un proyecto nacido en 1959 en Milán que señalaba la vuelta de Vittorini a las tareas de editor de revistas (27).

Si bien los ejemplos mencionados no agotan un campo de estudio tan relevante como es la creación y gestión de las revistas culturales italianas de posguerra, no puede dejar de apuntarse la relevancia que tuvo la aparición de la revista «Botteghe Oscure», tal vez una de las cabeceras de mayor calado de estos años, tanto por las dimensiones de la propia revista como por la calidad y cantidad de autores publicados (28). La publicación, fundada en 1948 en Roma por la americana Marguerite Caetani, princesa de Bassiano, quien pretendía dejar en Italia una puerta abierta a nuevos autores y tendencias, venía a continuar en muchos aspectos la estela de «Commerce», la célebre revista que la misma Marguerite había creado en París en 1924 junto a Valery Larbaud, Leon Paul Fargue y Paul Valéry, y en la que, como muestra de su vocación innovadora, llegó a publicarse el primer capítulo del Ulises de Joyce antes de que Sylvia Beach se hiciera definitivamente con el texto (29). 

Por desgracia, y pese al interés demostrado en el proyecto y la estima mutua que unió a Elena Croce con Marguerite Caetani (con la que tras la guerra fundó el conocido círculo cultural Il Ritrovo), Elena Croce tuvo que renunciar a colaborar en ella debido al volumen de trabajo generado por «Lo Spettatore Italiano», limitándose a una inicial, pero clave, función asesora (30). Es en este contexto de relación personal con los miembros de «Botteghe Oscure», muchos de los cuales entraron a participar en la revista gracias a la mediación de Elena, cuando se produce el conocido descubrimiento de Il Gattopardo de Tomasi di Lampedusa: entregado misteriosamente a Elena Croce, esta no dudó en recomendar encarecidamente la publicación de tan singular documento a Giorgio Bassani, el cual, jefe de redacción único de «Botteghe Oscure» y colaborador en esas fechas en la editorial Feltrinelli, acabó por protagonizar uno de los éxitos editoriales más sonados de la literatura italiana del siglo XX (31).

Sí que fueron frecuentes, por el contrario, sus reseñas, artículos y ensayos en otras revistas de conocido prestigio: además de en «Lo Spettatore Italiano», donde Elena Croce llegó a publicar quince artículos que cubren todos los períodos de la publicación (desde ‘Il Duca di San Donato’, aparecido en el primer número de enero de 1948, hasta el publicado en el penúltimo, ‘Rudolf Borchardt: i “Discorsi”’, en septiembre de 1956), textos suyos pudieron leerse estos años con relativa asiduidad en conocidas publicaciones como la napolitana «Nord e Sud», la revista fundada en 1954 por Francesco Compagna, o en «Quaderni della Critica», la cabecera que prolongó la canónica revista «Critica» de Benedetto Croce durante siete años, desde su desaparición en 1944 hasta 1951. Estas publicaciones, a las que se podrían añadir «Tempo Presente» o «Elsinore», desempeñarán además un papel fundamental en la configuración de su producción ensayística, dado que todos los textos publicados en ellas en estas fechas acabaron por formar parte de algunos de dos volúmenes antes mencionados, como es el caso de Poeti e scrittori tedeschi dell’ultimo Settecento y Romantici tedeschi ed altri saggi (32).

Esta ingente labor de promoción y difusión de revistas culturales, especialmente entre finales de los cuarenta y los cincuenta, cobró aún un nuevo impulso con la creación a principios de los setenta de la que será su última iniciativa en este campo, la todavía recordada «Prospettive Settanta», en la que además publicará algunos de sus artículos más celebrados, como ‘La prospettiva della cultura’ (a. I, n.4, octubre-diciembre de 1979), ‘Dal dopoguerra’ (a. III, n. 3, julio-septiembre de 1980) o ‘Da un passato sempre prossimo’ (a. VII, n.1/2 enero-junio de 1985).

Giuseppe Galasso, director de la publicación desde 1979, daba cuenta de los objetivos de la revista en la editorial con que abría en 2000 el primer número de «L’Acropoli», en muchos sentidos una continuación de «Prospettive Settanta»:

Alla ispirazione di «Prospettive Settanta» si intende, quindi rimanere fedeli sia per la posizione culturale (uno storicismo coerente, ma del tutto alieno dall’ addormentarsi sui suoi principii ed elementi e largamente aperto alle voci della ragione di sempre e del proprio tempo), sia per la posizione politica della rivista (una liberaldemocrazia a forte accento democratico, anche se aliena dalla civetteria di qualificarsi come democrazia sociale; un ‘intima fede nei valori della tradizione europea e occidentale e una stretta connessione con gli indirizzi dei regimi e dei paesi nella cui vita e presenza e azione storica quei valori appaiono meglio rappresentati e vissuti; quando e nella misura in cui effettivamente lo sono) (33).

Efectivamente, «Prospettive Settanta», destinada una vez más a convertirse en un referente de la sociedad italiana del momento, ocupó, como recuerda uno sus fundadores, Antonio Maccanico:

una posizione di particolare rilievo nel panorama culturale degli anni Settanta, così importante per gli sviluppi politici e social del nostro Paese. Furono gli anni della crisi del centro-sinistra, di una sorta di rivoluzione culturale all’italiana, che investì le relazioni industriali, la scuola, la pubblica amministrazione, la vita istituzionale. Fu allora che la pratica consociativa divenne molto radicata nella vita istituzionale. La rivista ‘Prospettive Settanta’, fu un debole, ma fermo argine a queste tendenze (34). 

Élite cultural y compromiso intelectual. Estando como están en Elena Croce indisolublemente unidos su compromiso intelectual y las reflexiones volcadas en sus artículos y textos periodísticos, es comprensible que gran parte de los temas planteados por «Lo Spettatore Italiano» acabaran configurando, de una manera o de otra, su obra posterior. Esto es así en el momento en el que su trabajo respondió siempre a la firme convicción de que, en la Italia surgida de la posguerra, se hacía más necesaria que nunca la recuperación de una élite intelectual que fuera capaz de cubrir el hueco dejado por esa «piccola aristocrazia dei grandi umanisti d’anteguerra», esa «élite europea degli anni Trenta: così ricca di quelli che, forse troppo bancariamente, si chiamavano ‘valori’» (35), y que, simbolizada por la desaparición de su propio padre en noviembre de 1952, estaba ya por estos años prácticamente agotada.

En Italia, además, este vacío de referentes culturales había venido acompañado por un fenómeno que se había afianzado ya en los años previos a la guerra y que fue motivo para ella constante de reflexión: el de la superación y sublimación de una élite burguesa consolidada durante el fascismo («liberale […] solo in forma nostalgica, romantico-decadente») (36) por parte de una nueva upper class de la que no pudo diferenciarse y que acabó por adoptar en estos años sus vicios y poses más representativos (especialmente, un vacuo ideal de prestigio precursor del “snobismo” como ley universal) para convertirlos en meros objetos de consumo al alcance de todos. Según Elena, en este contexto de estandarización de la sociedad, los elementos constitutivos de esta élite burguesa de origen romántico-reaccionario habían acabado por extenderse a todos los órdenes sociales, haciendo que «tutte quelle che un tempo erano esigenze esclusive della élite, o per essere più esatti avevano un pregio soltanto se esclusive, erano ormai scadute a prodotto a buon mercato dei grandi magazzini» (37).

Las implicaciones de este imparable proceso, caracterizado por una insaciable conversión de cualquier producto en mercancía de grandes almacenes, iban más allá de la consabida “tirannia della massa”. En efecto, el proceso incluía no únicamente la consideración del así llamado “estilo” personal como objeto de consumo (previa extensión de la noción de “estilo” a manifestaciones que iban desde el culto a la casa como ideal burgués hasta el ya tópico culto a la belleza, especialmente la femenina -esa caricaturización de la femme comme il faut de resonancias balzaquiana, «escogitazione diabolica dello snobismo per sostituire l’immagine della gran dama con qualcosa che accomunasse le nostalgie degli aristocratici detronizzati e le aspirazioni della nuova borghesia di Luigi Filippo»-) (38), sino que, en última instancia, amenazaba con incorporar en ese devenir a la cultura misma, puesto que «attraverso l’élite, [lo snobismo] mirava ad impossessarsi anche della cultura, ma per cederla inmediatamente all’industria, come un importante articolo di prestigio per il benessere di massa» (39).

En el fondo, y esto Elena Croce lo estudió en profundidad, la explicación al fenómeno latía en la transformación, de corte reaccionario, que había venido operando en la concepción del “genio” romántico; ese “culto romantico del genio” que «nel corso di quasi due secoli, non aveva subìto mutamenti» y que había acabado por evolucionar y presentarse «in termini pressoché identici, ma capovolti» de forma que, en un proceso de degeneración a lo largo del siglo XIX y principios del XX, había acabado de asumir un papel diametralmente opuesto al que se le presupuso en origen, esto es, «non […] più la funzione di sconvolgere la convenzionalità borghese con la presenza dello spirito, ma quella di confermarla e preservarla dalla importunità dello spirito» (40).

Pasada, pues, la Segunda Guerra Mundial y en una Italia en pleno proceso de desarrollo, la recuperación de una cierta élite cultural no podía basarse en todo caso en los mismos presupuestos que rigieron los primeros decenios del siglo, dado que los nuevos mecanismos de producción y la sociedad misma habían tendido cada vez más hacia una progresiva deshumanización de los medios de comunicación y se hallaban imbuidos en ese excesivo culto a la personalidad. Basada en una exaltación cada vez más grotesca de un vulgar y vergonzante individualismo, en esta naciente sociedad mediocre que «accettava, soltanto, fenomeni, grandi e piccini, che si definivano come “personalità”, in quanto smerciavano como singolarità prodigiose dei tratti assolutamente generici» (41), este nuevo grupo elitario, volcado en la defensa de valores fundamentales de la sociedad y capaz de comunicarse a través de una lengua común, debía operar, no cabe duda, fuera de esos medios de comunicación de masas a los que se daban ya por perdidos. 

Era imprescindible, por tanto, partiendo del establecimiento de vínculos intelectuales, dar espacio a amplios discursos sobre la crisis económica, social y política desde una óptica abierta al debate, permitiendo la entrada de nuevas tendencias y posturas venidas desde fuera. El objetivo era, en definitiva, formar una élite cultural que pudiera servir de referente y

abbastanza vasta da poter essere considerata, se non una classe dirigente, per lo meno lo stimolo a formarne una […] l’Italia possiede certo potenzialmente gli elementi per riscattare la decadenza della sua borghesia; ma questi stessi elementi andranno impoverendosi e divente[ranno] sterili, se da essi non nascerà una protesta attiva e aggressiva, contro questa disumanizzazione della nostra civiltà, in luogo di quella astratta, apocalittica, sfiduciata, e contro la «massa»: e senza timore che questa protesta venga confusa con un ceder le armi all’avversario, con un puritano moralismo, o con l’abusata dilettantesca polemica romantica (42).

En cierto modo, la verdadera cuestión no era si había o no una élite cultural, sino cuál debería ser su campo y fuerza de acción, cuál el tipo de lenguaje que debería emplear y el modo de incardinarse en la sociedad, y, por último, cuál debería ser su papel en ella y los límites de esa función. Esto era algo especialmente urgente en un contexto cultural como el italiano, dominado por criterios económicos, sobre el que gravitaba el riesgo de que la labor cultural cayera en una dimensión productiva que acabara en última instancia por poner en tela de juicio el estatus mismo del intelectual, abocado a un cierto grado de especialización y en tanto productor de simples contenidos culturales. Se imponía, pues, plantear da capo una nueva reflexión en torno a la relación entre cultura y sistema económico de mercado, al tiempo que señalar los límites funcionales del intelectual, un intelectual cercano al ideal de hombre libre y docto según la propuesta que había establecido tiempo atrás el propio Benedetto Croce y que sería justamente matizada en estos años por Elémire Zolla en L’eclissi dell’intellettuale (43).

Momento significativo de esta reflexión serán sin duda los años entre 1953 y 1956, cuando comiencen a colaborar en Lo Spettatore Italiano autores de la talla de Cesare Cases, Pietro Citati, y, más tarde, el mismo Elémire Zolla, y se empiece a prestar mayor atención a la obra de los mencionados György Lukács, Walter Benjamin y, sobre todo, Theodor Adorno. Desde este nuevo prisma, para Elena Croce la renovación debía partir, por tanto, de una previa revisión de los presupuestos humanistas y de la función del intelectual en la sociedad, pero también por la necesidad de prestar toda la atención posible a la literatura extranjera y a la educación literaria, entendida como reflejo de la historia de la civilización, antes que en tanto crítica literaria stricto sensu, con el doble objetivo de establecer un canon literario que pudiera servir de modelo de conducta y que permitiera dejar de lado cierto esnobismo literario. Por último, todo ello no podría llevar más que a la adopción de un compromiso personal que fuera más allá de las palabras.

En esta toma de posiciones, es evidente que ejerció una notable influencia la actividad política de su marido, Raimondo Craveri, una de las personas clave en la refundación en 1942 del Partito d’Azione; aunque Elena Croce no acabó nunca por sentirse demasiado cómoda en estas tareas y mostró un notable desinterés respecto a cuestiones políticas («mi annoiavano e al tempo stesso mi intimidivano le discussione politiche») (44), en 1958 accedió, estimulada tal vez por la presencia de Ugo La Malfa, fiel compañero de Raimondo Craveri en tiempos de clandestinidad, a figurar en las listas del Partito Republicano Italiano-Partito Radicale y optar así a un escaño en la Cámara de los Diputados. 

También en estos años Elena Croce volcó su empeño civil en un tema que le era especialmente querido, la defensa del medioambiente, adoptando una postura militante que la llevó a tomar parte activa en la fundación en 1955 de la asociación Italia Nostra. Destinada a «diffondere nel Paese la “cultura della conservazione” del paesaggio urbano e rurale, dei monumenti, del carattere ambientale delle città» (45), la asociación, todavía hoy en día un referente del ecologismo italiano, surgió de la famosa y significativa carta de protesta que en febrero de 1954 firmaron quince destacadas personalidades de la cultura, entre ellos Elena Croce, con la intención de obstaculizar la progresiva edificación de la campiña romana alegando la existencia de numerosas ruinas, catacumbas y restos arqueológicos de una zona de excepcional belleza, la antigua Via Appia (46). 

En última instancia, el trabajo en la asociación y la reflexión en torno a estos temas medioambientales acabó por tomar forma en otro de sus ensayos más lúcidos y devastadores, La lunga guerra per l’ambiente, en el que Elena, que había vivido la depredación de zonas verdes cercanas a la capital como recurso económico fácil y la imparable decadencia de los centros históricos urbanos (la Nápoles abandonada por la burguesía en huida masiva hacia Roma descrita en Due città o la Turín de ‘Ritorno a Torino’ en In visita), no podía dejar de denunciar la degradación del paisaje italiano, sumido en la vorágine de una incontrolada especulación que impedía el uso racional de los recursos del territorio destinando a actividades industriales bellos terrenos agrícolas, cementando las costas campanas y devastando extensas zonas alpinas. Por desgracia, concluirá en esta obra, «“Paesaggio” è un termine che continua a richiamare facilmente accenti sarcastici da politici e managers, i quali indistintamente lo intendono come l’acquerello della signorina ottocentesca. Un termine il cui suono, di sia pur civilissimo dilettantismo, non appartiene più alla odierna, aspra e rivendicativa, difesa dell’ambiente» (47).

El “cerchio di gesso” y la autobiografía transversal. De forma paralela a toda esta actividad editorial, ensayística y política, la década de los sesenta verá también a Elena Croce iniciar la que a posteriori ha acabado por convertirse en la faceta de su obra más visible para críticos y lectores, la de la redacción de libros de memorias de carácter autobiográfico, una tarea a la que accedió tras la insistente propuesta del ya septuagenario hispanista alemán Leo Spitzer de que escribiera unas memorias centradas en recuerdos personales de su padre. 

Es sabido que fue efectivamente Spitzer, quien había mantenido durante décadas un interesante intercambio epistolar con Benedetto Croce desde la concesión a este del título de doctor honoris causa por la Universidad de Marburgo en 1927, el primero en plantearle a Elena el tema durante la visita que esta le hizo en Forte dei Marmi a finales del verano de 1957: «Io proposi che scrivesse un libro di memorie (memorie sue) sul papà, notando ogni giorno ciò che le viene in memoria (obiter dicta, aneddoti, ecc.) […] Il progetto sembrò cogliere nel segno. Elena promise di mettersi al lavoro immediatamente» (48); volviendo a insistir perentoriamente en cartas posteriores enviadas desde Baltimore: «Perchè Lei non farebbe di queste l’opera massima della sua vita?» (49).

En todo caso, fuera el impulso de Spitzer el detonante o no de la vocación memorialista que Elena Croce volcó en parte de sus ensayos escritos a partir de esta década, lo cierto es que la autora inició a partir de estos años un interesantísimo corpus de obras que le sirvieron para reflexionar en torno al género biográfico desde distintos ángulos. 

En primer lugar, desde el punto de vista teórico, dando a la luz un breve ensayo sobre los límites de este género, Lo specchio della biografia (1960), un innegable punto de partida inicial aparecido en la colección ‘Quaderni di pensiero e di poesia’que ella misma dirigía para la editorial De Luca junto a María Zambrano, con la que entabló una sólida amistad durante el exilio de la filósofa española en Roma entre 1953 y 1964. La necesidad del estudio de tipologías textuales con frecuencia ignoradas por la historia literaria (esencial en sus ensayos tanto sobre el Romanticismo como sobre la primitiva narrativa italiana) encuentra aquí su más explícita formulación, cuando escribe cómo deberíamos

cominciare a prendere in considerazione le memorie, le vite, le testimonianza autobiografiche, o comunque personali dei nostri grandi uomini: perché in esse vi è una fonte di esperienze (esperienze, è inutile aggiungere, che possono essere esemplari alla rovescia, e tali sono per lo più a conferma della negatività del rapporto dell’individuo con la società offerto in Italia) senza la quale non si può parlare di coscienza della tradizione (50).

Por otro lado, escribiendo tres de las biografías más personales de la segunda mitad de siglo, las dedicadas al periodista y editor Leo Longanesi (51); al político Silvio Spaventa, con quien Benedetto Croce pasó parte de su juventud tras la muerte de sus padres en el terremoto de Casamicciola (52); y al político e historiador Francesco de Sanctis, este último escrito a cuatro manos con su hermana Alda Croce (53). A ellos se podría añadir, salvando las diferencias, La patria napolitana, un «grande quadro di familia, alla maniera delle “scene di conversazione”» resultado de la investigación de «tutto l’albero di una delle famiglie dell’aristocrazia napoletana ottocentesca» realizado para un proyecto de biografía sobre Gaetano Filangieri (54). 

Por último, elaborando un grupo de memorias y reflexiones personales en las que traza uno de los panoramas más incisivos del ambiente social y cultural italiano en torno a la Segunda Guerra Mundial, abarcando en tres obras carentes de unidad orgánica, pero dotadas de un mismo impulso testimonial, desde el recuerdo de los primeros años de su infancia en Nápoles centrado en la figura paterna de Ricordi familiari, escrito como respuesta a la petición de Leo Spitzer; pasando por la evocación de la infancia y la primera juventud narrada en L’infanzia dorata, escrito a petición de Roberto Bazlen para la recién creada Adelphi de Luciano Foà y Roberto Olivetti; hasta llegar a Due città, un recorrido por el ambiente cultural en que vivió desde el traslado de Nápoles a Roma y la actividad intelectual que allí desarrolló, y donde se encuentran algunos de los retratos más sutiles y sentidos de toda su obra, como las bellas páginas dedicadas a la mencionada Marguerite Caetani. 

Aunque diferentes tanto por tema como por enfoque, podrían situarse junto a estos tres títulos otras dos obras que, en muchos aspectos, amplían y complementan el contenido testimonial: Lo snobismo liberale, una especie de «album di ricordi femminili e mondani, ristretti a quella esigua classe privilegiata che anche in Italia si fregiava di una coscienza di élite», e In visita, una colección de cuentos repletos de evocaciones y retratos de época, en muchos aspectos páginas mucho más directas que sus libros de memorias en primera persona. 

En efecto, de la lectura de este último grupo de obras se desprende en todo momento un fuerte deseo de dar testimonio rehusando, al mismo tiempo, la mostración directa de la propia personalidad. Como pone de relieve el esclarecedor cuento ‘In visita’, la tarea memorialista iba en Elena Croce indisolublemente ligada a una especie de lucha establecida con la siempre presente censura impuesta por la memoria, una censura que, «nascendo da complesso di colpa (nessuno ricorda volentieri l’epoca in cui era automa, comandato dallo spirito del tempo, il quale per noi era stato spirito di gruppo borghese progressista, quasi razzialmente esclusivo ed insieme avido di proselitismo)» acaba finalmente por ser «una finta protezione dell’ego» que «allenta improvvisamente la sua chiusura, e si è piombati nello stagno della memoria più ingrata» (55).

Se deba esto a una simple cuestión de pudor (solo en este único volumen de relatos, In vista, se plantean directamente los temas más personales: la maternidad, el matrimonio, la soledad del intelectual, el aburguesamiento, la reflexión sobre la propia relación social) o a cierta desconfianza en la propia capacidad de poder satisfacer una necesidad memorialista a la que la misma Elena Croce no se sentía inclinada (valgan las palabras iniciales del prólogo a L’infanzia dorata e Ricordi familiari: «Mi era rincresciuto dover deludere Spitzer […] quel quadro, della società degli estudiosi italiani europei che avevo intravisto nei viaggi con mio padre o tra i suoi visitatori, non solo non avevo la capacità di costruirlo, ma nemmeno ne sentivo la necessità») (56), lo cierto es que hay una proporción inversamente proporcional entre el alto contenido personal volcado en los escasos relatos en tercera persona y cierta forma de impersonalidad palpable en la descripción de escenas y personajes de sus memorias escritas en primera persona. Es la impresión de que, como sintetiza Emma Giammattei, «nelle pagine dichiaratamente autobiografiche, quella immagine [la que la autora da de sí misma] appare invece incerta ed elusiva, segnata dalla distanza, dalla inappartenenza, e persino dalla inautenticità», dando lugar, en última instancia, a una especie de «autobiografia nascosta, e materiale autobiografico che, parallelamente, finisce per atteggiarsi a biografia di un periodo, di un mondo, di un gruppo sociale» (57). 

Persona reservada por naturaleza y educación, «erede di una grande tradizione moralistica fondata sul perenne occultamento del sé» (58), esta nueva tarea que se imponía a Elena Croce era incluso más comprometedora que la ya de por sí dura tarea intelectual: la de, como señala Giuseppe Galasso, delinear «un mondo di pensieri e di emozioni, di sentimenti e di impulsi –il mondo di quella gioventù- sospeso fra due epoche, due secoli di assai differente fisionomia: il secolo romantico che allora si chiudeva e quello che, invece, si sarebbe aperto al di là del baratro prossimo segnato dalla catastrofe, innanzitutto e soprattutto europea, della seconda guerra mondiale» (59). 

Desde esta perspectiva, en una producción caracterizada por una notable falta de posicionamientos teóricos, además de por una no menos notable fragmentariedad, toda la obra de Elena Croce podría entenderse globalmente como la respuesta a una única y profunda reflexión común (tanto teórica como práctica, tanto desde un punto de vista sociológico, como histórico y personal), en torno a la “problemática del yo”. Este interés por investigar la esencia del yo, que recorre transversalmente toda su obra, pasaría de este modo en primer lugar por la consideración de la biografía y la autobiografía (“fonte di esperienza” y base de la “coscienza della tradizione”) como herramientas fundamentales e imprescindibles para detectar la diferente evolución de los mecanismos de autofiguración de las distintas épocas literarias. Ello le permitiría, partiendo del fundamental estudio del periodo romántico, explicar el cambio experimentado por la sociedad italiana de mediados del siglo XX, desde la evolución de la exaltación dieciochesca del ego romántico, pasando por un posterior y progresivo desarrollo que marca un «assoluto smarrimento della misura dell’umano» hasta llegar a la progresiva «svalutazione dei giochi dell’io» de los años previos a la guerra. De ahí se podría llegar sin problemas a la renuncia a la personalidad de la sociedad de masas, en las que esta, finalmente, queda reducida a ese «romanzo mai vissuto né svolto, una recita in cui ci si arrestava, appagandosene al programma» de la sociedad actual.

Aunando de este modo múltiples intereses, Elena Croce «trasferiva la sua antica riflessione morale, appresa e coltivata sulle pagine degli scrittori di mezza Europa», elaborando, como certeramente indica Gennaro Sasso, una obra fragmentaria solo en apariencia cuyo resultado sería que «quel che in Benedetto Croce si esprimeva nei campi distinti della storia política, della letteratura, della riflessione morale e filosofica, in lei, nervosamente, e con autentico estro combinatorio, spesso si presentò unito» (60).

Testigo excepcional de uno de los cambios sociales más radicales de la historia de la sociedad europea, Elena Croce, «segnata da un destino di sradicamento: due patrie in nessuna delle quali le era mai dato di vivere, le circonstanze avendo destinato lei e i suoi alla vita dell’ebreo errante» (61), dio cuenta de este proceso desde una múltiple búsqueda: por un lado, entresacando de la historia literaria las razones que explicaran ese proceso de decadencia cultural y social; por otro, ofreciendo un valiosísimo testimonio personal de esa última fase de cambio que le tocó vivir y del proceso de metamorfosis que llevó de una sociedad a otra. Y lo hizo, además, adoptando ante ella una postura comprometida, tanto por vocación, como por obligación testimonial, dando una visión personal que no excluía al mismo tiempo, ni muchos menos, el deseo de guardarse pudorosamente en el camino de miradas indiscretas.

Cobra entonces sentido la insistencia en ese «“cerchio di gesso” tracciato intorno all’io» que «le aveva consentito di porsi di fronte alla realtà» (62), ese “cappuccio invisibile” que oculta a la anónima narradora de In visita y que acaba por descubrir incluso en la última página de la biografía de Silvio Spaventa, «un uomo che sembra essere stato un precursore del sospetto per il moderno culto della personalità», capaz de crearse también él ese «“cerchio di gesso” che difende dai demoni interiori dell’immaginazione tormentosa, come da quelli collettivi, esterni, la libertà dello spirito» (63).

La escritura, con la consiguiente construcción de ese espacio que se genera en torno a ella, se convierte entonces en un ejercicio testimonial, pero también de autoafirmación, de comprensión de uno mismo y de los demás, como protección y salvaguarda, pero, sobre todo, como una necesidad estrictamente personal. Una de sus escasas narraciones en tercera persona, I colori di Domitilla, acaba por devolvernos una imagen más fiel de la escritora que cualquiera de sus textos autobiográficos:

dominata da quelle impressioni incomunicabili, si astraeva nello sforzo di ricacciarle indietro. Per ritrovarle poi, ammucchiate come una posta voluminosa sulla soglia di casa, quando si ritrovava sola con se stessa. E poiché alla sensibilità impressionistica, quasi fisiologica (che si classifica, le avevano insegnato, come opposta al sentimento o all’intuito) si accompagnava ineviltabilmente una spiccata tendenza al raziocinio, non era tranquilla se quella posta non l’aveva aperta e decifrata (64).

Es este desciframiento de la realidad el que, en definitiva, subyace en todo esfuerzo intelectual, un esfuerzo al que Elena Croce, testigo excepcional de un cambio de época, no pudo ni quiso sustraerse.

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1 G. Macchia en VVAA, Elena Croce e il suo mondo. Ricordi e testimonianze, Publicazioni dell’Istituto Suor Orsola Benincasa, Nápoles 1999, p. 141. 

2 Volcadas todas ellas en la preservación del legado de su padre, Alda será, junto a Elena, la que desarrolle una mayor actividad cultural: fundadora en los cincuenta de la Biblioteca Benedetto Croce, escribirá a cuatro manos con Elena textos como la biografía de De Sanctis, firmando en solitario títulos como Teatro italiano della seconda metà dell’Ottocento (Laterza, Bari 1940) o la edición de B. Croce, Lettere a Giovanni Gentile, (Mondadori, Milán 1981). Por su parte, ligada desde la posguerra al escritor polaco Gustaw Herling, Lidia destacó con la traducción del alemán de la obra de C. Augusto Mayer, Vita popolare a Napoli nell’età romantica (Laterza, Bari 1948), además de su edición de A. Labriola, Lettere a Benedetto Croce: 1885-1904 (Istituto italiano per gli studi storici, Nápoles 1975). Con una obra menor de la que sobresale su traducción de G. Norwood, Pindaro (Laterza, Bari 1952), Silvia desempeñará durante décadas un importantísimo papel en el Instituto Suor Orsola Benincasa de Nápoles.

3 I parlamenti napoletani sotto la dominazione spagnola, Reale Deputazione Napoletana di Storia Patria, Nápoles 1936.

4 B. Croce, La Spagna nella vita italiana durante la rinascenza, Laterza, Bari 1917. Recopilación de textos escritos entre 1892 y 1894, Croce dejará interrumpidos y casi abandonados los trabajos sobre España, cansado de «imparare, con fatica e senza costrutto, notizie sconnesse e inanimate», justo cuando, hacia 1895 los escritos de Antonio Labriola despierten su interés por la economía y las ciencias políticas; cfr. B. Croce, Contributo alla critica di me stesso, Ricciardi, Nápoles 1918, pp. 30-31; trad. esp.: Aportaciones a la crítica de mí mismo, trad. Isabel Verdejo, Pre-Textos, Valencia 2000). Sobre este aspecto, véase C. Segre, ‘Benedetto Croce e l’Ispanistica’, en L’apporto italiano alla tradizione degli studi ispanici: Atti del Congresso, Nel ricordo di Carmelo Samonà, Nápoles, 30-31 enero, 1 febrero 1992, 1993, pp. 103-108

5 L’infanzia dorata e Ricordi familiari, Adelphi, Milán 1979, p.102; este volumen contiene reunidos Ricordi familiari (publicado originariamente por Vallecchi en 1962 y luego reeditado en 1967 junto a otros textos con el título Ricordi familiari e altri saggi) y L’infanzia dorata (publicado por primera vez por Adelphi en 1966). 

6 Cfr. ‘Baltasar Gracián’, «Civiltà Moderna», XIII, n. 5, septiembre-octubre de 1941, pp. 321-343; y ‘Alarcón e Galdós: pagine di vaggio’, «Prospettive Settanta», III, n. 3, julio-septiembre de 1981, pp. 361-373.

7 L. de Vega, La Gattomachia, trad. A. Croce, Adelphi, Milán 1983.

8 Cfr. ‘Poesie di José Bergamín’, «Tempo presente», mayo-junio de 1965; M. Zambrano, I sogni e il tempo, De Luca, col. ‘Quaderni di Pensiero e di Poesia’, Roma 1960.

9 Il Romanticismo spagnolo. La splendida eredità di un Romanticismo povero, Bulzoni, Roma 1986. 

10 Efectivamente, la bibliografía utilizada, en la mayoría de los casos no citada explícitamente, remite en gran medida a manuales de mediados y finales de los años cincuenta, como es el caso de D. Alonso, Poetas españoles contemporáneos, Gredos, Madrid 1952; R. Gullón, Conversaciones con Juan Ramón Jiménez, Taurus, Madrid 1958; una carta de Paul Valéry publicada en «Papeles de Son Armadans», n. X, 1957, p. 99; o J. Montesinos, Ensayos y estudios de literatura española, Ediciones de Andrea, México 1958.

11 Poeti e scrittori tedeschi dell’ultimo Settecento, Laterza, Bari 1951.

12 Romantici tedeschi ed altri saggi, Edizioni Scientifiche Italiane, Nápoles 1962, p. 8.

13 Ibid, p. 35. Establecidas las oportunas salvedades, la vívida evocación de Rahel Levin no puede dejar de evocar en el lector el retrato de la misma Elena Croce: mujer culta, conversadora audaz y sutil, promotora de iniciativas sociales y centro de un “salotto” en el que «si raccoglieva l’élite e l’avanguardia del mondo aristocratico, politico e intellettuale» de la época. El interés por estos cenáculos culturales del XVIII, en este caso franceses, será también uno de los temas predilectos de su hija Benedetta Craveri (cfr. B. Craveri, La civiltà della conversazione, Adelphi, Milán 2001, o Madame du Deffand e il suo mondo, Adelphi, Milán 1982), volcada en el estudio de esa naciente cultura mundana de la aristocracia del Antiguo Régimen. 

14 Periplo italiano: note sui narratori italiani dei primi secoli, Mondadori, Milán 1977.

15 Periplo italiano. Notas sobre los narradores italianos de los primeros siglos, trad. y prólogo de Annunziata Rossi, Universidad Nacional Autónoma de México, México 1987, pp. 59-61.

16 J. Paul, Siebenkas: fiori, frutti e spine, ossia vita coniugale, morte e nozze dell’avvocato dei poveri F. St. Siebenkas, Laterza, Bari 1948; R. Friedenthal, Goethe. La vita e i tempi, Mursia, Milán 1967; o H. Von Hofmannsthal, Canto di vita e altre poesie, Einaudi, Turín 1971.

17 Poeti del Novecento italiani e stranieri, Einaudi, Turín 1960.

18 E. Croce y A. Croce, Narratori meridionali dell’Ottocento, Utet, Turín 1970.

19 Due città, Adelphi, Milán 1985, p. 43; véase también E. Croce, ‘Dal dopoguerra’, «Prostpettive Settanta», n.s., II (1980), pp. 327-330.

20 P. Citati, en VVAA, Elena Croce e il suo mondo, op. cit., p. 99.

21 R. Calasso, en VVAA, Elena Croce e il suo mondo, op. cit., p. 80.

22 E. Bufacchi, ‘Elena Croce e “Lo Spettatore Italiano”’, «L’Acropoli», año 11, 3/mayo 2010, pp. 276-326, en p. 276.

23 E. Mondello, Gli anni delle riviste, Milella, Lecce 1985, p. 11.

24 Según Gustaw Herling (VVAA, Elena Croce e il suo mondo, op. cit., p.124), en Aretusa, en la que Elena contribuyó en diferentes ocasiones, su colaboración fue más allá de la simple redacción de artículos, siendo ella quien la dirigió de facto, pese a figurar como director Francesco Flora.

25 Due città, op. cit., p. 44.

26 E. Bufacchi, op. cit., p. 279.

27 Cfr. A. Aiello, La rivista letteraria “Botteghe Oscure”, Tesi di Laurea in Storia della Critica Letteraria Italiana, La Sapienza, Roma, corso di Laurea in Lettere 1998-99. 

28 Cfr. S. Valli, La rivista Botteghe Oscure e Marguerite Caetani. La corrispondenza con gli autori italiani, 1948-1860, Fondazione Camillo Caetani, L’Erma di Bretschneider, Roma 1999.

29 Lo cuenta Richard Ellmann en su James Joyce, Oxford University Press, Oxford 1982, p. 562: «The first fragments comprised the Telemacus episode and parts of Ithaca and Penelope, were published in Commerce for Summer, 1924, under the names of Larbaud and Morel. But difficulties developed later in the year when Larbaud’s stock, usually high at the Maison des Amis des Livres, dropped sharply as the result of a quarrel between him and Princess Caetani, in which Adrienne Monnier and Sylvia Beach took the part of the princess».

30 La misma Elena lo recuerda al señalar que «tolto il primo numero, nel quale comparvero principalmente scrittori con cui avevo io steso creato i primi contatti, no avrei mai dato alcun contributo alla redazione di “Botteghe Oscure”», en E. Croce, Due città, op. cit., p.51.

31 G. Macchia en VVAA, Elena Croce e il suo mondo, op. cit., p. 144; véase también su artículo en «Il Corriere della Sera», ‘Elena. Impegnata di casa Croce’, del 21 de marzo de 1996.

32 Un ejemplo de ello puede verse en Poeti e scrittori tedeschi dell’ultimo Settecento, en realidad una recopilación de artículos publicados en «Quaderni di critica» (‘Aspetti di Jean Paul’, en dos entregas: vol. II, n. 6, 1946; y vol. III, n.7, 1947; ‘La “Giovinezza” di Jung Stilling’, en dos entregas: vol. V, n.13, 1949; y vol. V, n. 14, 1949; y ‘Due scrittori tedeschi’, n. 19/20, 1951), en «Nuova Rivista Storica» (‘La vita e le opere di Johan Gottfried Seuma, a. XXIII, fasc. 1-2, 1949), en «Aretusa» (‘Matthias Claudius’, a. I, n.2, mayo-junio 1944; y George Cristoph Lichtenberg, n. 5-6, noviembre-enero de 1945); y en «Lo Spettarore Italiano» (‘Il teatro dello “Sturm und Drang”’, en dos entregas: a. II, n. 8, agosto 1949; y a. II, n. 9, septiembre 1949). También el segundo título, Romantici tedeschi ed altri saggi, se conformará a partir de la recopilación de artículos aparecidos entre 1941 y 1956 en «Rivista di Letterature Moderne», «Civiltà Moderna», «Quaderni di Critica» y «Lo Spettatore Italiano». La lista completa puede verse en VVAA, Elena Croce e il suo mondo, op. cit., pp. 217-231.

33 G. Galasso, ‘Le ragioni de L’Acropoli’, «L’Acropoli», año I, nº 1, p.5.

34 A. Maccanico en VVAA, Elena Croce e il suo mondo, op. cit., p.138.

35 L’infanzia dorata, op. cit. p. 11. 

36 Lo snobismo liberale, Adelphi, Milán 1964, p. 9.

37 Ibid, p. 13.

38 Ibid, p. 30.

39 Ibid, p. 18.

40 Ibid, p. 52.

41 L’infanzia dorata, op. cit., p. 25.

42 ‘Decadentismo borghese’, «Lo Spettatore Italiano», 1951, 1, pp. 6-7. La cita, al igual que la referencia posterior al peligro de la especialización, pasa necesariamente por el recuerdo del “hombre-masa” de Ortega y Gasset en La rebelión de las masas (1930).

43 E. Zolla, L’eclissi dell’intellettuale, Bompiani, Milán 1956; en este estudio ya clásico, Elémire Zolla, ese “turista metafísico” según palabras de Eugenio Montale, plantearía una síntesis de muchos de los postulados expuestos por «Lo Spettatore Italiano» y posteriormente por la misma Elena Croce, como son la pérdida de la figura del intelectual y la necesidad de una negación total del sistema industrial cultural basado en la mistificación del consumo, el desmesurado interés por el cuerpo y el empobrecimiento del idiotizado ser social como mero objeto. En el caso de Zolla este rechazo le llevará a refugiarse en el misticismo y el sincretismo y al estudio del pensamiento oriental.

44 Due città, op. cit., p. 90.

45 http://www.italianostra.org/ (1/06/2014)

46 Entre los firmantes se contaban, entre otros, Corrado Alvaro, Vitaliano Brancati, Emilio Cecchi, Gaetano De Sanctis, Ugo La Malfa, Carlo Levi, Alberto Moravia, Mario Pannunzio, Ignazio Silone y, especialmente, Umberto Zanotti Bianco, quien ostentó la primera presidencia hasta su fallecimiento en 1963. Gracias a la iniciativa se logró que seis parlamentarios presentaran en la Cámara de los Diputados un diseño de ley para la tutela de la Via Appia, lo que les dio el empuje definitivo para la consolidación de la asociación.

47 La lunga guerra per l’ambiente, Mondadori, Milán 1979, p. 73

48 L. Spitzer, ‘Lettres à une inconnue’, «Belfagor», vol. 58, nº 2, 2003, p. 69, carta del 4 de septiembre de 1958.

49 L. Spitzer, Lettere di Leo Spitzer a Benedetto Croce e ad Elena Croce, ed. Davide Colussi, Annali dell’Instituto Italiano per gli Studi Storici, XXIV, 2009, carta del 31 de diciembre de 1958; trad. esp.: Cartas de Leo Spitzer a Benedetto Croce y a Elena Croce, trad. J. Pérez Andrés y M. A. Blat Mir, Nexofía, Valencia 2014.

50 Lo specchio della biografia, De Luca, Roma 1960, p.9.

51 Leo Longanesi. Un maestro della nostra editoria,Elsinore editrice, Roma 1964.

52 Silvio Spaventa, Adelphi, Milán 1969. El terrible episodio lo cuenta el propio Croce en B. Croce, Contributo alla critica di me stesso, op. cit.; trad. esp.: Aportaciones a la crítica de mí mismo, op. cit., pp. 22-23.

53 Francesco de Sanctis, Utet, Turín 1974.

54 La patria napoletana, Mondadori, Milán 1974, pp. 7-10.

55 ‘In visita’, In visita, Mondadori, Milán 1972, p. 83.

56 L’infanzia dorata e Ricordi familiari, op. cit., p. 10-11. 

57 E. Giammattei, ‘Biografia ed autobiografia. Le due scritture di Elena Croce’, en VVAA, Elena Croce e il suo mondo, op. cit., pp. 50 y 56, respectivamente.

58 Ibid, p.47. Recuérdese el conocido prólogo de Benedetto Croce a su Contributo alla critica di me stesso, op. cit., pp. 1-6, ‘Ciò che non si troverà e ciò che si troverà in queste pagine’, en el que muestra su rechazo a todo tipo de escritura de memorias, recuerdos y confesiones.

59 G. Galasso, en VVAA, Elena Croce e il suo mondo, op. cit., p. 19.

60 G. Sasso, ‘Elena Croce. Fra testimonianza e memorie’, en VVAA, Elena Croce e il suo mondo, op. cit., p.69.

61 Ibid, p. 42.

62 L’infanzia dorata…, op. cit., p. 16.

63 Silvio Spaventa, op. cit., p. 298.

64 ‘I colori di Domitila’, In visita, op.cit., pp. 49-50.

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