Edith Bruck, ‘Quien así te ama’ (fragmento)

EDITH BRUCK, Quien así te ama. Madrid: Ardicia, 2015.

En 1944, Edith Bruck, judía de origen húngaro, fue deportada a Auschwitz junto con sus padres y tres de sus hermanos. A pesar de su corta edad, su hermana Eliz y ella lograron sobrevivir y fueron trasladadas sucesivamente a Dachau, Christianstadt y Bergen-Belsen, donde las tropas estadounidenses las liberaron por fi n en 1945. Edith volvió a Hungría para reunirse con los pocos familiares que le quedaban y a continuación, tras una temporada en Checoslovaquia, embarcaría hacia el recién creado estado de Israel.

__

[…] Llegó la Pascua de 1944. Fue una fiesta triste: mis padres apenas se hablaban y vagaban sin decir palabra de aquí para allá por la casa. Nos mirábamos en silencio y yo no sabía por qué. Más tarde mi padre y mi madre nos dijeron que unos alemanes habían llegado al pueblo. Pregunté por qué les teníamos que tener miedo, pero no me respondieron. Me sentía mal. Mi madre, tal vez por decir algo, me pidió que llevara al desván la olla que usábamos solo en Pascua, añadiendo que con toda probabilidad ya no la usaríamos más.

Por la tarde mi padre cogió la mano de mi madre y los hijos nos sentamos cerca de ellos; yo tenía mi cabeza estaba apoyada en su regazo y ella me acariciaba el pelo, algo que no hacía desde mucho tiempo atrás. ¡Me gustaba tanto ser mimada! Amor, paz, silencio: todo me daba miedo en la oscuridad. Les pedí que hablaran: «No estéis tan callados; me estoy volviendo loca», dije. Mi madre empezó entonces a hablar de la Biblia, de los padecimientos de los hebreos polacos y eslovacos deportados, y nos contó que había tenido un horrible sueño: había visto quemar a la gente, y añadió que iba a llegar también un tiempo tristísimo para nosotros. Pero nosotros éramos niños y no teníamos por qué asustarnos, ya que Dios estaba con nosotros. Lo importante era no desesperarse, pasase lo que pasase. Se levantó temblando y, por primera vez, le dio a mi padre un vaso de coñac que él, también por primera vez, rechazó. Intuía que no había ninguna salvación para nosotros. Mil pensamientos se agolpaban en mi mente y, de repente, recordé que en casa había nueces y que podía cogerlas y esconderlas sin que nadie se diese cuenta. Dejé la cocina y me fui al desván con mi tesoro, asegurándome de que estuvieran bien escondidas. Luego me paré y murmuré para mí entre dientes: «Las comeré cuando vuelva; ¿volveré?, pero, ¿de dónde?».

Cuando bajé, la cocina me pareció aún más oscura de lo habitual; por fuera las ventanas estaban cegadas y la luz que se filtraba a través del papel negro que las cubría iluminaba tan solo las caras. Parecía un velatorio. Quise correr y gritar: «¿Quién ha muerto? Estamos todavía vivos, ¿por qué no habláis? ¿Qué esperáis?». Pero no fui capaz de decir ni una palabra. Era casi medianoche cuando me fui a la cama. Antes de dormirme volví a la cocina a ver a mis padres pegados el uno al otro, y besé el grueso brazo de mi madre y la cara inquieta de mi padre. Los abracé a los dos como si fueran dos niños. Luego volví al cuarto de puntillas y me metí en la cama junto a Eliz, que estaba a punto de dormirse. Me estrechó contra ella acariciándome, algo que hacía raras veces, solo cuando me quería demostrar que me quería mucho, mientras me repetía: «Ditke, Ditke, mi pequeña hermanita, no te daré más coscorrones, ya verás». Era una noche más oscura que las demás; por la ventana no entraba ni un rayo de luz, igual que tampoco entraba en nuestro corazón. Acurrucada en la cama deseaba tan solo dormir un poco. Parecía que el tiempo no pasase, notaba que las fuerzas me abandonaban y que me deslizaba hacia la oscuridad.

Me despertó al alba el ruido de alguien que llamaba a la puerta gritando: «¡Despertaos! ¡Fuera! ¡Rápido! ¡Os doy cinco minutos, fuera, bestias!». No sabía si era realidad o soñaba, pero las voces eran cada vez más claras y se oían las patadas en la puerta. Vi a mi padre levantarse con los calzones largos e ir hacia el quicio de la puerta, para luego detenerse y mirarnos. Nosotros nos levantamos inmediatamente y nos acercamos a mi madre temblando. Entendimos que no era como cuando venían a llevarse los muebles o cuando venían a por mi padre cuando hacía negocios no permitidos a los judíos. Mi padre dio un paso atrás, dudando, mientras nos decía que no tuviésemos miedo.

Entonces entraron los policías maldiciendo: «¡Fuera!», dijeron, «llevaos con vosotros solo una muda, dejad el dinero, el oro. En cinco minutos os quiero a todos fuera delante de la casa». Oí a un niño llorar cerca de nuestra casa y vi a unos pocos pasos de nosotros cómo se reunía una numerosa familia judía. Mi madre se llevó las manos a la cabeza gritando e implorando a Dios. Mi padre daba vueltas aquí y allá en calzoncillos buscando algo que a nosotros se nos escapaba, luego, con la esperanza reflejada en su rostro, les hizo ver a los gendarmes sus medallas de guerra, diciendo que él había combatido valerosamente por la patria. Pero ellos se rieron y tiraron las medallas al suelo gritando que nada valía, ni las medallas, ni nosotros, ni nuestra vida, y que éramos perros apestosos, y que si no nos dábamos prisa, con un par de patadas seguro que acabaríamos de espabilarnos.

Hubo gritos e insultos recíprocos, pero la ley es la ley. Mi madre empezó a preparar un fardo y, cuando preguntó adónde nos llevaban, los gendarmes no respondieron. Yo busqué mis cosas más queridas para esconderlas con la esperanza de encontrarlas todas cuando volviera. Mi madre me riñó diciéndome que, incluso en aquel trágico momento, yo no pensaba más que en mis juguetes. En cinco minutos estuvimos listos. Me paré un segundo a mirar nuestra casa nueva, los árboles y el jardín, y me di cuenta en realidad de que todo me parecía ya muerto desde hacía mucho. El sauce llorón bajo la ventana se había doblado hasta el suelo y sus ramas me parecían como brazos muertos y hombres ahorcados. El pueblo estaba a oscuras y las casas estaban ya cerradas; los despedí a todos con ternura. Caminamos cogidos de la mano y sin vida. Hicieron levantarse a todas las familias judías que estaban durmiendo […]

  • La memoria recobrada: Edith Bruck y la Shoah. Marina Sanfilippo, Juan Pérez Andrés y Miguel Minaya Vara en canal UNED, programa Filología en Radio 3 (15/02/2017)
A %d blogueros les gusta esto: