Piera Sonnino, ‘La noche de Auschwitz’ (fragmento)

PIERA SONNINO, La noche de Auschwitz. Madrid: Ardicia, 2018.

Conservado en forma de manuscrito durante casi medio siglo y publicado por las hijas de la autora tras su muerte, es el testimonio de una mujer que encontró la fuerza necesaria para relatar la historia de la deportación y el posterior exterminio de todos sus seres queridos: desde la progresiva erosión de las libertades de los judíos italianos, hasta el arresto en 1944 de la familia Sonnino y su traslado al campo de concentración de Auschwitz.

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[…] Los primeros indicios de la pesadilla que se cernía sobre nosotros nos llegaron entre 1934 y 1935. Judíos alemanes expulsados de la Alemania nazi iban llegando uno tras otro a Génova, donde vivíamos desde 1925. La Comunidad los socorrió en la medida en que pudo, distribuyéndolos para que cubrieran sus necesidades las familias de otros judíos.

Su número fue creciendo hasta el punto de que acabamos por no tener casi nada que compartir. Estas primeras víctimas del antisemitismo nazi, mal vestidas y famélicas, entraban en nuestra casa casi avergonzadas y nos daban mil veces las gracias si podíamos darles cualquier cosa. Ninguno de ellos sabía italiano, aunque muchos hablaban francés y, usando esta lengua, intentaban explicarse en voz baja como temerosos de no que no creeríamos lo que estaba pasando en Alemania. Tiendas y casas de correligionarios asaltadas y devastadas, judíos apaleados hasta sangrar, asesinados, una furia ciega, premeditada, que iba poco a poco surgiendo. Las historias que oíamos nos parecía que pertenecían a un mundo tan distante al nuestro que representaba una realidad muy distinta a la nuestra. No lográbamos imaginar a ningún vecino nuestro, a nadie de nuestros conocidos, a nadie entre los miles y miles de desconocidos que veíamos cada día, capaces de entrar en nuestra casa, de agredir a nuestro padre y a nuestra madre, de hacernos mal solo porque éramos judíos. Nosotros les decíamos eso a nuestros correligionarios huidos de la Alemania de Hitler y ellos agachaban la cabeza con tristeza. El nazismo es un cáncer que se expandirá muy lejos, comentaban. Después de 1935 su llegada cesó bruscamente y pensamos que la situación se habría normalizado de algún modo. La agonía de los judíos alemanes, por el contrario, había empezado; nosotros lo ignorábamos al igual que ignorábamos que ya empezaban a entrar en funcionamiento aquellos campos donde, apenas nueve años más tarde, nuestra familia acabaría por ser exterminada.

El éxodo de judíos de la Alemania de Hitler había sembrado en nosotros grandes sospechas e inquietud, aunque todavía de forma vaga. Aun cuando éramos del todo ajenos a cualquier participación en la vida común de la colectividad humana a la que pertenecíamos y no nos inclinábamos ni por una parte ni por otra, no podía escapársenos la similitud entre el fascismo y el nazismo, ni los pasos que las dos dictaduras estaban dando para encontrarse la una con la otra. Sensaciones todavía confusas, no unidas todavía en la consciencia, presagios a los que no hacíamos caso al igual que tampoco se lo hacían nuestros correligionarios, porque es propio de una parte de los judíos creer que el deseo de pasar desapercibidos se convierte, justamente por eso, en el hecho de ser ignorados en realidad.

Eran aquellos los años en los que las condiciones de nuestra familia iban empeorando. Papá y mamá, después de su matrimonio, se habían trasladado de Roma a Portici y luego, en 1923, cuando ya habían nacido Paolo, Roberta, Maria Luisa y yo, a Milán. En Milán vinieron al mundo Bice y Giorgio, y cuando estos apenas tenían pocos meses de vida, de nuevo hubo un traslado para instalarnos en Génova. Mi padre había cogido la gerencia de un negocio en la plaza Campetto y eso pareció abrirnos una buena perspectiva de futuro. Tres años más tarde, sin embargo, a causa de su pésima suerte, papá tuvo que volver a su antiguo y poco lucrativo trabajo de representante comercial. En 1935, como ya he dicho, Roberto dejó sus estudios y se buscó un empleo.

De aquel período tengo recuerdos muy poco gratos. Eran muchos los días en que no había nada, en el sentido literal de la palabra, que comer. Muchas veces Maria Luisa, Bice y yo solo teníamos para comer y para cenar un helado que el viejísimo abogado Giuseppe Fontana, quien nos trataba como si fuésemos sus nietecitas y nunca habría podido sospechar nuestra verdadera situación, nos regalaba cuando nos encontraba en los jardines de la plaza Manin. Ocultábamos nuestra miseria a los extraños con todos los medios posibles. Nos volvimos todos expertos en impedir a todo aquel que no perteneciese a nuestro reducido ámbito familiar que entrara en nuestra casa y se diese cuenta de los huecos que iban apareciendo entre los muebles y los enseres domésticos. Para nosotras, las chicas, era esa la edad en la que te gusta invitar a casa a las amigas y compañeras de escuela y, a su vez, ser invitadas a jugar, estudiar o pasar un poco de tiempo juntas. Nosotras no podíamos aspirar ni a una cosa ni a la otra, estábamos obligadas a mantener las relaciones con nuestras amistades en un nivel totalmente superficial, aprendiendo a contener y sofocar cualquier impulso de simpatía. Tanto pudor y tanta vergüenza debida a nuestra miseria no me parece hoy del todo comprensible si no se encuadra dentro del drama económico y social que padecían en aquella época numerosas familias de la clase media y de la burguesía media, al menos aquellas que no habían logrado, o no habían querido, incorporarse al régimen. Aceptábamos esconder nuestra verdadera situación como si fuese natural hacerlo, y si alguien nos hubiese dicho que haciéndolo de ese modo rechazábamos los prejuicios, la incapacidad de afrontar la realidad y la fundamental inercia de las clases de las que proveníamos y no, por el contrario, a las leyes de la dignidad y el decoro, entonces nos habríamos rebelado. Yo la primera. Añádase a ello, además, que nosotros éramos originarios del sur, por lo que habíamos llegado con tradiciones y costumbres firmes como principios irrevocables, y que, por tanto, nos resultaba muy difícil asimilar o ser asimilados en el ambiente genovés. Otra carga que nos oprimía fue la particular atmósfera deformadora de cualquier realidad, característica propia del fascismo. El optimismo oficial del régimen no admitía y no toleraba dramas económicos familiares. Nosotros, que no habíamos sido contagiados por el fascismo, advertíamos perfectamente la insalvable fractura que había entre la realidad y el optimismo oficial, aunque pienso que este último en el fondo, si bien inconscientemente, acabó por legitimar en cierta medida lo que nosotros juzgábamos como dignidad y decoro. Todos estos elementos estuvieron en el origen de aquella fase de aislamiento de nuestra familia que hubiera podido concluirse cuando, algunos años más tarde, los trabajos de Paolo y de Maria, y en último lugar el mío además del de Roberto, reestablecieron en parte la situación. Desde 1938, sin embargo, este aislamiento se hizo forzoso por ley.

Después de 1935, como ya he dicho, los judíos exiliados de la Alemania de Hitler dejaron de llamar a nuestra puerta. Pero justo aquel año el fascismo dio vía libre a sus propias aventuras sanguinarias y el nazismo tomó partido a su lado […]

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